A la hora del lubricán bajamos del barco.
Planteé, a la vista de la distancia, realizar un paseo hasta el Puente Galata.
No hubo por parte de los demás demasiadas objeciones.
Tampoco era yo partidario de hacer tantas excursiones y ahí estábamos. [

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Me tocaba, yo iba a patita. Nos fuimos los cuatro a patita.
Las instalaciones del puerto consisten en unas naves, amplias y desangeladas, donde se encuentra el control de policía.
Voy a referir una anécdota que nos pasó en este sitio:
Los policías turcos ejercían un “control relajado”, voy a decir.
Se comentaba que eran unos pasotas.
Estaban sentados en un banco, a unos quince o más metros, del pasillo-detector-garita.
Uno nos miró, lo miramos, él desvío la vista y continuó la charla con los colegas. Los demás policías ni caso.
Una pareja entraba por el pasillo del control en ese momento. Nos cruzamos en él.
No sé porqué motivo, él confundió a nuestro amigo con un policía.
Ya habían pasado la zona de escáner. Se dio la vuelta hasta allí, puso su mochila sobre la cinta, se disculpaba bastante cortao. Comenzó a sacar su documentación.
Fue graciosa la situación, Alfredo nuestro amigo, no había abierto la boca en ningún momento. Cuando la abrió, resultó que la otra pareja era gallega, como ellos. [

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Nos reíamos todos, los policías a su bola.
La luz del crepúsculo nos acompañó todavía un rato.
Esta zona también es monumental.
El paseo hasta Galata tuvo bastante encanto. La luz, artificial y anaranjada, con la que estaban iluminados los edificios nobles, contrastaba con el menguante azul del cielo.
Tardamos como media hora, o poco menos, en llegar al puente.
El camino discurre paralelo al puerto. Su urbanismo es funcional y moderno: Una amplia avenida, con bulevares ajardinados y hermosos edificios a ambos lados.
Llegamos al puente Galata, ya era de noche.
De verdad que la vista de la ciudad, con sus cúpulas y minaretes iluminados, reflejándose sobre las aguas del estuario, es mágica e inolvidable. Guapo el Puente Galata.
Al llegar allí, nos despistamos un poco.
Según entras en él, a la derecha, no es zona de restaurantes, sino lonja de pescado.
Los trabajadores del lugar, amablemente, me indicaron que era por la parte izquierda.
De todas formas dimos un pequeño rule por el lugar. Era interesante, los pescados lujuriosos.
Se atraviesa un pequeño túnel peatonal y se accede a los bajos del puente, donde estaban los bares y restaurantes.
Estos se suceden siguiendo al mar, lógicamente. Pasas por una estrecha calle con los garitos a tu izquierda y el agua a la derecha.
Los locales tienen, casi todos, dos niveles. Uno cubierto y otro, más bajo, al aire libre y con unas maravillosas vistas.
Recorrimos casi todo el puente antes de decidirnos a cenar en uno de ellos.
A cada paso te abordaban, alabando las bondades y baratura de su negocio.
Te dan su tarjeta si dices que “andas mirando”, no hay que agobiarse, es su estilo.
Nos entró un chaval con la lista de precios en mano. El tío era simpático, me preguntó de dónde éramos....le dije la verdad y me suelta, el muy caradura, que él era de Antequera.
Lo miré muy fijo y le pregunté por Estepona.
Me entró la risa, él también se reía bastante con su cara de pillo.
Le dije que todavía no íbamos a cenar, pero que la oferta de un “paisano” la tendríamos en cuenta.
Decía llamarse “Carlos”, también me dijo su nombre real, pero no lo recuerdo.
Al final volvimos y cenamos allí.
Su cara se puso radiante, estuvo atentísimo y amable todo el rato.
Tuvimos una divertida charla con el personaje, no sigo, ya veo esto muy largo.
Tomamos pescado unos y otros cordero. Un paté de aceitunas muy rico. Tres botellitas de vino, ensaladas, tartas, café y postres de macedonia de fruta. Todo estaba bueno.
Rematamos con un narguile, de manzana. No los había en el local, pero Carlos lo trajo.