Ya nos tocaba subir, con rumbo norte, hacia Estambul. Uno de los lugares más interesantes y atractivos de nuestro crucero.
Durante buena parte de la tarde estuvimos en la cubierta. Por el lado de estribor podíamos ver las costas turcas de Mugla, por babor desfilaban las hermanas dodecanesas de Rodas.
Era esta la segunda etapa más larga del viaje, hasta pasado el mediodía del domingo no llegaríamos a nuestro destino.
Durante largos ratos permanecí observando las costas, tratando de reconocer las islas y el litoral turco. Difícil tarea, aunque el trayecto actualizado en la televisión ayuda mucho. Claro está que para eso tenias que bajar al camarote.
Ya podría haber, en las zonas comunes, monitores que mostraran la navegación del mismo modo. Sería de agradecer por los interesados en la navegación y la geografía.
Amaneciendo el día atravesábamos el estrecho de los Dardanelos, escenario de tanta y tanta Historia.
Las cubiertas superiores del buque estaban llenas de gente cuando entramos en el mar de Mármara, Constantinopla ya estaba cerca.
Bruno puso especial énfasis en ilustrar al pasaje sobre la importancia del lugar, ofreciendo detalladas descripciones sobre el Bósforo, el ingente tráfico marítimo y los bellísimos monumentos del Cuerno de Oro.
El Grand Voyager no se dirigió directo al atraque, nos regaló un paseo por el Bósforo antes de hacerlo. La vista de Santa Sofía, Mezquita Azul y Topkapi desde el barco era preciosa.
Atracábamos a poca distancia del Puente Galata, hacia su salida norte.
En los minaretes de Estambul sonaba el canto del almuecín. Habíamos llegado.