Hola a todos: En diciembre de 1962 yo contabilizaba, exactamente, 7 años y 9 meses.
Dicen que cuando un suceso convulsiona tu vida entras en el denominado uso de razón antes de tiempo y parece que yo lo hice.
Cuando llegamos al puerto los controles previos al embarque fueron exhaustivos, con la policía aduanera castrista escudriñando no al centímetro, al milímetro.
En su búsqueda de cualquier cosa bajo prohibición de ser sacada del país, podríamos decir todo, los chequeos de los futuros pasajeros del Covadonga eran denigrantes, con la presencia de matronas que “inspeccionan” hasta las vaginas de las mujeres adultas, médicos despojando miembros fracturados de escayolas, moños deshechos, los forros de trajes, maletas, lo que fuera, rajados. Todos fuimos desnudados en presencia de aquellos guardias, al servicio de la revolución, que parecían haber olvidado sus condiciones de seres humanos. Ni uno solo de los pasajeros nos libramos de tal humillación.
Creo que a pesar de la tensión que se respiraba ninguno de nosotros sintió miedo pues este quedó anulado por la rabia del maltrato recibido y la tristeza de la futura y pronta despedida de nuestra querida tierra.
Después de pasar todo esto, desde la sala de embarque, veíamos el barco no como un navío más, si no como una especie de salvador que nos llevaría lejos de la tremenda situación que vivíamos en la isla y que en mi caso me devolvería a la madre tierra de todos mis antepasados.
Ya habíamos dicho ¡hasta pronto! ¡hasta la vuelta! a cuántos había ido a despedirnos, Desgraciadamente eso no podrá suceder, pues muchos de aquellos presentes ya solo existen por ser recordados.
Creo innecesario decíos que todas las mejillas lucían lágrimas, quien no lloraba desconsoladamente lo hacía en un silencio que resultaba más estremecedor que los llantos desgarradores y entre ellos estaba mi padre, que dejaba atrás toda una vida de esfuerzo, todo lo logrado desde que había arribado a la isla hacía unos cuarenta años.
Jamás he podido olvidar aquellas lágrimas descendiendo por el rostro de mi padre, como temerosas, vergonzosas, pero al mismo tiempo decorosas, nacidas de la dignidad de quien se negaba a ser subyugado, aunque eso significara continuar la vida sin nada, teniendo ya 57 años.
Una vez en el muelle, allí, a mi lado, convirtiéndome en una hormiguita, estaba El Covadonga, humeando sus chimeneas, llamando sus sirenas, dispuesto a recibirnos para una travesía que duraría 10 días y en esto yo que……….¡no subo, no quiero subir, no subiré por esa escalera!
Se tambaleaba y esto me daba miedo, así que un oficial avispado y atento que observaba desde la cubierta no lo pensó y ordenó a un marinero que me subiera. Este obedeció, se acercó, nada dijo o preguntó, solo recuerdo que tras cogerme en brazos y en un santiamén me subió por aquella escalera de tablas y cuerdas, a modo de puente colgante ascendente y me depositó en el suelo de la cubierta del vapor Covadonga, tierra española.
Si os interesa un viaje tan especial seguiré otro día. Supongo que vuestros viajes de placer no tendrán inicios como este y lo deseo de corazón.
He visto “mi barco”, era precioso ¿Verdad?
Un abrazo.
Leonor