DECIMOSEGUNDO DÍA: DE POR QUÉ FUE EL DÍA MÁS LARGO.
QUINTA PARTE: DE LA NECESIDAD DE QUE EXISTA BIDÉ EN LOS ASEOS.
En seguidas entró en la cabina la mujer, que resbaló con un bote y cayó al suelo redonda,
tras lo cual, le metió una bronca terrorífica, por tener tantas latas en un suelo tan abrupto,
sin embargo y para mi sorpresa, este tío, con dos cojones, le contestó con un gran eructo,
a lo que ella le respondió, quedándose en pelotas, que sus ordinarieces la ponían cachonda.
De esta manera aprendí el remedio para contrarrestar las broncas que me pega la parienta,
y, aunque me cuesta mucho expeler gases por la boca cuando quiero dar una contestación,
reconocí que, como me es muy fácil tirarme un buen cuesco, esa sería una buena solución
como respuesta, para cuando lleno el suelo de calzoncillos con la entrepierna amarillenta.
Me encontraba metido en camarote ajeno, con los dueños rodeándome y sin posible salida,
y aunque, de momento, podía considerarme a salvo entre las cuatro paredes de aquel aseo,
sabía que, con lo que habían bebido, tardarían poco tiempo en precisar un biológico deseo,
por lo que debía localizar algún rincón donde mi persona estuviera un poco más escondida.
Instintivamente me metí en la ducha y, con rápidos reflejos, cerré en un plis-plas la cortina,
permaneciendo en silencio, con los dedos cruzados y, aunque no sabía si existía ese Santo,
le rezaba oraciones sin parar al Patrón de los invisibles, para que posara sobre mí su manto,
y al Santo Patrón de los riñones para que les retuviera a ambos la gana de evacuar la orina.
Esperaba que se liaran sobre la mullida cama para escaparme sin recibir ni una sola colleja,
pero la cachonda, como hace la parienta, se empeñó también en anteponer el aseo al placer,
y aunque él trató de excitarla más con sus soeces guarrerías, ella le dijo que si quería yacer,
tendría que cepillarse los piños y afeitarse, después de que ella se lavase primero la almeja.
Cuando la escuché caminar dándole patadas a las latas, pensé que venía directa a la ducha,
porque, aunque tenía la mente verdaderamente entretenida rezándole a los Santos, recordé,
que, a menos que ese fuera una excepción, en los aseos de los barcos nunca vi ningún bidé,
por eso me resigné a darme por descubierto, porque esperanza… ya no me quedaba mucha.
Pero la muy guarra, tras encender la luz del baño, se sentó desnuda sobre el mojado lavabo,
mirando la ducha, de espaldas al espejo y, tras abrir los grifos, el agua le chorreó el vergel,
así, con el clásico “chop-chop”, con pachorras se lavó el conejo sin usar ni una gota de gel,
y cuando hubo terminado, llamó a su “Darling” para que también viniera a asearse el rabo.
El yanqui era alto y tan gordo que parte del trasero se metía en la ducha rozando la cortina,
así que, me pegué lo más que pude a la pared, para que no notara ni rastro de mi presencia,
pero, me clavé el expendedor de jabón en la espalda y el grifo donde se pierde la decencia,
y, aunque el daño era intenso, me mordí la lengua y resistí el dolor con valentía numantina.
Cuando el rechoncho yanqui intentó consumar el acto con la chorba en semejante postura,
la cachonda lo frenó alegando que él aún no se había afeitado, ni aseado las partes íntimas,
pero éste le contestó con unas sonoras tracas de pedorros cuyos aires movieron las cortinas,
y dijo que no desaprovecharía la única ocasión en todo el viaje que se le había puesto dura.
Hasta tal punto era ya el gringo mi héroe, que ganas tuve de salir y darle algunos abrazos,
ya que nunca había visto a nadie que no le concediera a la parienta un mínimo de vasallaje,
y, aunque la forma era ordinaria y grosera, no se podía negar que este hombre tenía coraje,
no como yo, que siempre, para todas estas cosas, sin duda he sido un auténtico calzonazos.
Tras los soeces cuescos de mi orondo ídolo, la tía se puso más calentorra que un orangután,
y aquí te pillo, aquí te mato, sentada sobre el lavabo y, sin que por parte de él hubiera aseo,
el gringo, asestando unos culetazos tremendos, la hizo gozar pegando tales gritos de deseo,
que yo estaba seguro que los podía escuchar, con total claridad, desde el puente el capitán.
Aquel movimiento constante desequilibró tanto a la gritona que parecía que hacía patinaje,
así que, para no caerse, se agarró con una mano a la cortina con más fuerza que el cemento,
más, transcurrido un cuarto de hora, aquellos culetazos experimentaron un rápido aumento,
de tal forma que, con el frenesí de la jarana, la libidinosa arrancó de cuajo todo el cortinaje.
Continuará…