DECIMOTERCER DÍA: DE POR QUÉ FUE LA NOCHE MÁS EXTRAÑA Y EL DÍA MÁS CORTO.
QUINTA PARTE: DEL FINAL DEL VIAJE.
Una vez en el casino no nos costó encontrar un par de interesados y desplumados padrinos,
que se prestaron atentamente a ser los testigos por una módica cantidad que abonó el guiri,
así como dos gruesos azafatos que les tiraban confeti como si fuera una lluvia tipo sirimiri,
mientras yo, con la gracia poética que me caracteriza, les recitaba unos versos alejandrinos.
Lo más complicado fue el oficiar la ceremonia, porque no conozco la liturgia matrimonial,
pero me acordé del cura del pueblo, que siempre se está quejando de que nunca voy a misa,
aunque el jodío aprovecha cuando quedamos para jugar al ajedrez en el burdel de la Luisa,
para largarme toda clase de sermones eclesiásticos, que van desde el bautizo al rito nupcial.
Con esos conocimientos me marqué los mejores esponsales que jamás hubo en navegación,
aunque he de decir en mi contra, que tuve un lapsus confundiendo boda con confirmación,
así que se me mosquearon un poco cuando a cada escocés le pegué un memorable bofetón,
pero me excusé alegando que en un buque de tal categoría los enlaces tienen esa bendición.
Para finalizar dije eso de “ya puedes besar a la novia”, y se dieron un beso francés con eco,
al mismo tiempo que una gringa ganaba en una máquina tragaperras el premio más gordo,
formándose un ruidoso escándalo con la música y la caída de monedas, que me dejó sordo,
mientras una lluvia de arroz y aplausos inundaba la estancia en la última noche de cucreco.
Después, nos pusimos alrededor de la barra del bar a tomarnos unas cuantas copas de vino,
y, tras hacer repetidos brindis y decir cien veces eso de “¡Viva el novio aunque sea feote!”,
despedimos a los recién casados, que se fueron a celebrar la noche de bodas a su camarote,
mientras los demás seguíamos la juerga a cuenta de los guiris, hasta que cerraron el casino.
No recuerdo lo que pasó a partir de aquel momento, pero debieron transcurrir varias horas,
y lo más probable es que me quedara grogui durmiendo, porque me despertó la megafonía,
que retumbaba en mi sesera anunciando el desembarco de viajeros con una cruel cacofonía,
mientras una terrible resaca y un fuerte dolor, golpeaban mi cabeza como dos taladradoras.
Con la esperanza de ver a la parienta esperando, avancé tambaleándome hacia mi cubierta,
pero, cuando conseguí arribar, me llevé una descorazonadora sorpresa al verla tan desierta,
ya que el personal de la tripulación estaba arreglando los camarotes con la puertas abiertas,
por lo que no quedaba ni rastro de nuestra estancia a bordo y se había esfumado la parienta.
Solo, triste y abandonado, entré por última vez al camarote donde había pasado doce días,
y, a mis ojos acudió una pequeña lágrima que denotaba la nostalgia de aquel mágico viaje,
luego giré la cabeza y, al verme en el espejo con esa pinta y el pelo despeinado a lo salvaje,
me entró añoranza al pensar que llevaba tiempo fuera de casa sin probar las galletas María.
Empecé a debatirme entre el ansia de seguir cucreando y la morriña de regresar a mi hogar,
y, aunque había pasado un cucreco de fantásticas aventurillas que ni el lazarillo de Tormes,
sin ir vestido decentemente e intentando llevarme el salvavidas y la toalla como uniformes,
me imaginé que para pasar el control del desembarco iba a necesitar algo más que dialogar.
Estaba compungido, y me sentía completamente perdido sin el apoyo moral de mi parienta,
así totalmente abatido, me senté en la desecha cama esperando que aconteciera un milagro,
más, cuando más desesperado estaba, entró en el camarote un mozo que estaba algo magro,
portando una bolsa llena de pertenencias, sobre la cual había prendida una nota muy atenta.
La compañía había tenido la gentileza de lavarme la ropa que yo creía ya perdida en el aire,
y, me la devolvía junto con mis cosas, la cámara de fotografiar y hasta mi monóculo de sol,
así que, no sé si todavía estaba muy borracho, o si es que en ese instante se me fue el perol,
pero, la cuestión es que me entró tal alegría, que mis pies empezaron a moverse sin control,
cogí al mozo de Royal y empezamos a bailar tal si fuésemos Ginger Rogers y Fred Astaire.
Después de sudar más que un marrano, danzando alegremente al son del claqué americano,
me cambié la vestimenta, me ajusté el monóculo de sol al ojo y, tras calzarme las chanclas,
colgué alrededor de mi cuello la cámara de fotos, eché al bolsillo de la camisa mi Sea Pass,
y con pinta de turista, desembarqué tarareando “No hay marcha en New York” de Mecano.
A esa hora, el salón de equipajes ya estaba más desierto que cuando te tiras una pedorreta,
y allí no había ni rastro de la parienta, aunque sí estaban todas las maletas, excepto la mía,
pero tras repasar mil veces todos los bultos, miré hacia el lado con la esperanza algo baldía,
y la divisé en un espacio establecido para las que no tenían o se les había caído la etiqueta.
Cargado como un burro, llegué sudando la gota gorda a la salida, con el equipaje completo,
donde se arremolinaba un follón de gente en busca de transporte en un tremendo sin vivir,
y allí estaba esperando la parienta, con ganas de propinarme una paliza y después escupir,
pero, al verme vestido me perdonó, me dio un fuerte abrazo, y nos fuimos a Villacucreco.
Moraleja del viaje: ¡Es cojonudo cucrear, porque te lo pasas pipa y vives un follón de aventurillas…! Pero además, con respecto a la compañía naviera, fue cojonudo que:
- A todas horas encontraras donde ir a papear.
- Que tuviéramos al menos las bebidas mínimas gratuitas.
- Que los que hacían las excursiones con la compañía no tuvieran prioridad al desembarcar en las escalas.
- Que atracara en lugares privilegiados y no en la quinta leche de los puertos o que fondeara como otros que vimos.
- Que los camareros no estuvieran todo el tiempo incordiándote con eso de “tómate argo, please”.
- Y sobre todo, que la tripulación fue muy, pero que muy amable.
¡HASTA EL PRÓXIMO CUCRECO!