El quinto día tocaba navegación entre la isla de Corfú y Estambul. Así que la parienta y yo aprovechamos para hacer cosas por separado…
QUINTO DÍA: ATRACCIÓN FATAL
El quinto día por la mañana disfruté más que un crío de 7 años en la feria,
porque me dediqué a algo que, desde que entré en el barco, hacer quería,
por eso, aproveché que la parienta se largó toda la mañana a la peluquería,
para idear, planear, comprobar, verificar, asegurar y poder entrar en materia.
En cuanto ella salió por la puerta, cerré el camarote por dentro a cal y canto,
y me dirigí con presteza y, sin demora, al interior de nuestro cuarto de baño;
levanté, a continuación, la tapa del váter, y pensé en aquel hecho tan extraño
que me inquietaba de una manera tan peculiar y que, a la vez, me atraía tanto.
De niño, tirar de la cadena después de cagar, era una experiencia reveladora,
ya que gozaba viendo como el agua del depósito salía empujando el “chorizo”,
pero el retrete del barco había cambiado mi esquema mental como un hechizo,
porque ahora, no lo empujaba, sino que lo absorbía como una vulgar aspiradora.
Así que, como me moría de ganas por probar aquella desconocida nueva emoción,
me senté en la taza, apreté el botón, y noté como el agua me absorbía para dentro,
¡Dios… qué alucinante sensación! Me quedé extasiado y con el culo tan contento…
que no pude refrenarme y, como si fuese una droga, repetí muchas veces la operación.
Tal fue la succión que, al final, sólo me asomaban los pies, las manos y la cabeza,
por lo que, para poder salir, tiré con todas mis fuerzas de los extremos de una toalla,
después de atarla al portarrollos del papel higiénico como si se tratara de una valla,
y terminar, del susto del impulso, con los genitales más pequeños que dos cerezas.
Aunque logré salir entero y de una pieza, terminé con el culo como un tomate, rojete,
más, la situación, en lugar de amedrentarme, me provocó un ataque de risa tan severo,
que mientras reía a carcajada limpia, apreté sin querer el botón de la cadena de nuevo,
a la vez que abría frenéticamente la boca, cayéndoseme la dentadura postiza al retrete.
Sin pensarlo dos veces y con el morro arrugado, metí la mano por el estrecho orificio,
intentando agarrar los piños, pero, después de palpar el agujero, no encontré ni rastro,
así que, un temor repentino vino a mi mente, como a un actor que se mea en el teatro:
¿Cómo explicarle a la parienta cómo había perdido la dentadura, sin sacarla de quicio?
Di mil vueltas en pelotas por el camarote procurando pensar en una coartada original,
cavilando, de un lado para otro sin dejar de andar, nervioso, y como un cerdo sudando,
más como, desde que me reconozco, siempre he tenido el feo vicio de pensar hablando
y la boca me silbaba al pronunciar, no era capaz de poder decir algo que fuera racional.
De repente, se me iluminó la bombilla: ¿Reciclarían en el barco las aguas fecales?
Era evidente que, si lo hacían, irían a parar a una de las piscinas. Pisé el acelerador,
cogí las chancletas playeras, me puse el bañador, las aletas, la careta y el respirador,
aunque este último tuve que sujetarlo con las encías, provocándome llagas bucales.
De esta guisa, me recorrí las tres piscinas: En la infantil entré en estado total de alerta,
porque unos repelentes críos se dedicaron todo el tiempo a querer bajarme el calzón,
así que, cuando me harté de pelearme con ellos, a uno quise pegarle un buen pescozón,
pero me vio su robusto padre y estuvo blasfemando detrás de mí por toda la cubierta.
En las calientes aguas de la piscina del solárium, me las tuve que ver con una anciana,
que se me arrimaba mucho diciéndome que tenía más músculos que Tarzán y Sandokan,
y que si fuera su gemela, que era tres días más joven, me comería como si yo fuera pan;
al final, me escurrí diciéndole que tenía una amigo (Pepe) y que fuera a por su hermana.
En la exterior no tuve problemas y pude recorrerla catorce veces a lo largo y a lo ancho,
ya que el agua estaba tan helada que nadie se atrevía a bañarse ni con traje de neopreno;
más cuando salí a flote, noté que había atraído la atención de un alemán, un esloveno,
dos rusos, un inglés y dos americanas que dijeron aquello de: “typical spanish macho”.
Cuando regresé chorreando y sin resultados al camarote, la parienta ya había vuelto,
que se llevó un buen susto al verme entrar aterido de frío, disfrazado de hombre rana,
con la boca arrugada sin la dentadura y asomando por el pubis una corta melena cana;
aunque mayor fue la sorpresa cuando, detrás de mí, distinguió a dos gemelas ancianas
preguntando por mi gran amigo Pepe, el cual hacía más de dos años que había muerto.
Tanto temor que tenía por lo que diría, y la pérdida de mis piños le importó un pimiento,
sin embargo, se pasó todo lo que quedaba del día con un alargado y desagradable morro,
y lo gracioso es que no fue por el dinero que yo debería pagarle al protésico por ceporro,
sino por haberme ido a tres piscinas sin ella y no tener ninguna clase de remordimiento.
Moraleja del quinto día: Disfruta de los eventos y “facilities” del barco (se pronuncia “/fəˈsɪlətis/” y para que no lo busquéis en el diccionario: “instalaciones” –me lo dijo un americano-), que para eso están, en lugar de hacer cosas extrañas siguiendo el dicho de “cuando el diablo no tienen nada que hacer, con el rabo mata moscas”. De todas formas, tengo ganas de hacer un cucreco por el hemisferio sur… me han dicho que el váter también absorbe, pero que el agua circula hacia el lado contrario… ¿o era el agua del lavabo…?