Aunque sé que la parienta está contando por ahí la historia a “su manera”, yo creo que las cosas sucedieron de un modo distinto, por eso, y aunque sé que me llevará bastante tiempo narrarlo, he decidido contar…
LA VERDADERA HISTORIA DE MI CUCRECO CON EL GOTS.
LUNES 15/10/2012
(PRIMERA PARTE: DE POR QUÉ NO HAY QUE MEDIR NUNCA EL EQUIPAJE DE MANO)
Todo empezó después de un viaje por carretera, al llegar al aeropuerto Madrid Barajas,
cuando al Bonifacio le comunicaron que el barril de vino tenía que llevarlo en la bodega,
y se subió sobre la cinta de equipaje manteniéndose más tieso que una columna griega,
empeñado en viajar entre el tintorro y el clarete, papeando una tapa de pulpo a la gallega,
y así, de paso, vigilaba el resto del equipaje, el embutido, los pollos y todas las otras cajas.
Aunque le explicaron que esa bodega no era de vinos como la que él tiene en su garaje,
aprovechó que la moza que estaba en la facturación tuvo un pequeño descuido retiniano,
para pegarse una etiqueta en la frente y lanzarse entre las maletas de un turista italiano,
y allí, sobre la cinta, se atrincheró en una postura más difícil que un logaritmo neperiano,
hasta que la inercia le coló por el agujero, a través de la puerta de embarque del equipaje.
Cinco policías, tres guardias de seguridad, cuatro mozos maleteros y una azafata gruesa,
se metieron tras el Bonifacio, y mientras la chica de facturación gritaba como una posesa,
a los perseguidores se les escuchó proferir tacos sobre la madre que parió la sopa espesa,
luego, tras una tensa espera y aunque, por el tufo del sobaco, mi cuñado era fácil presa,
volvieron todos descamisados, sudorosos y con cara de habérseles cortado la mayonesa.
Cabreados por no haberle podido localizar, los de la compañía aérea la pagaron conmigo,
obligándome a meter los trolleys en un extraño esqueleto rectangular de hierro muy enano,
para comprobar si las maletas se ajustaban a la medida permitida como equipaje de mano,
así que, como el mío era muy ancho, le saqué dos sudaderas y un polar de color butano,
y me los puse uno sobre otro para disimular, de tal manera que parecía que llevaba abrigo.
Sudando como un pollo estreñido, conseguí introducir mi trolley no sin ciertas dificultades,
y sacarlo por el mismo sitio por donde lo había metido, pegando gritos a la vez que tirones,
pero el de la parienta sobrepasó todas las expectativas, ya que era largo, largo de cojones,
por lo que, con disimulo lo encajé al revés mientras agradecía los aplausos de los mirones,
pero como sobresalía dos palmos y tres dedos, vi en los auxiliares sonrisas con maldades.
Ataviado como un muñeco Michelin, le di rápidamente la vuelta e intenté meterlo a presión,
pero como no funcionaba la cosa, me subí sobre la maleta como si fuera un mono de feria,
y empecé a saltar cual canguro sobre el sufrido trolley, hasta llegar al límite de la histeria,
tras lo cual se quedó incrustado en el artefacto pero con deformidades por toda la periferia,
con lo que mi propio orgullo quedó satisfecho, junto al ahorro económico en la facturación.
Lo peor llegó cuando, tras constatar que el trolley cumplía exactamente con el reglamento,
intenté extraerlo del medidor pensando que era más fácil que quitarle a un puro la boquilla,
pero, ni aunque hubiese sido Schwarzenegger comiendo una rebanada de pan con nocilla,
hubiera podido sacarlo de esa trampa para que paguen los equipajes de la gente sencilla,
por lo que decidí llevarme el trolley, aparato incluido, sin importarme lo demás un pimiento.
No pude andar dos pasos, porque la auxiliar montó tal pollo gritando que perdía su trabajo,
que, a pesar de que había intentado estafarme mi dinero, me trastocó la fibra sindicalista,
así que, les enseñe a todos a lo lejos el carné de socio del Villacucreco F.C. que va colista,
y con tono autoritario, dije que era inspector de prevención de riesgos viajeros del turista,
y que quería ver al encargado del tinglado o les iba a poner un chorro de multas a destajo.
Tardó un segundo en aparecer un energúmeno frotándose las manos y haciendo la pelota,
que tras indagar lo que pasaba con el trolley, puso a cinco mozos a arrastrase por el suelo,
que en menos que canta un gallo lo extrajeron y después me lo limpiaron con un pañuelo,
más la cosa no se quedó ahí, ya que además, me regaló dos consumiciones para el vuelo,
luego nos dio las tarjetas de embarque y nos llevó a la sala vip bailoteando como un idiota.
Como faltaba tiempo para nuestro vuelo, me acerqué a la ventana masticando una galleta,
con la intención de disfrutar viendo despegar y aterrizar a los aviones con el cielo nuboso,
mientras la parienta de mi cuñao miraba su tarjeta de embarque con el ojo derecho lloroso,
pero, yo sabía que el Bonifacio tenía recursos suficientes como para salirse de ésta airoso,
y entonces fue cuando le vi, en la pista, sentado junto al barril, sobre un carrito de maletas.
CONTINUARÁ...