PALERMO
Hay al menos dos islas en la isla de Sicilia: la que vive suspendida en el tiempo, volcada en su espléndido pasado como colonia griega y romana, luego musulmana, normanda y española; y la isla bulliciosa, vitalista y algo caótica que se respira en las calles de Palermo, Catania o Agrigento.
Más allá del estereotipo de Sicilia como patria de Vito Corleone, lugar de ajustes de cuentas, Cosa Nostra y clanes mafiosos "haberlos, haylos", la mayor isla del Mediterráneo es un lujo a nuestro alcance: impresionantes ruinas y yacimientos arqueológicos; sol y playas por los cuatro costados; gentes amables; una gastronomía rica en colores y sabores a precios más que razonables; y una infraestructura turística que explota la idiosincrasia local sin caer en la especulación más burda. Una isla, en fin, que contiene el aliento con cada movimiento de tierra y vigila con respeto al Etna, el volcán activo más grande de Europa.
Una semana en Sicilia permite al viajero visitar casi tantos teatros griegos, ágoras, museos y templos como podría admirar en la propia Grecia; tal es la importancia de su herencia helenística, todavía hoy muy visible en las ciudades de Taormina, Siracusa, Selinunte o Agrigento. Más apartada de las rutas convencionales se halla Segesta, con su solitario templo dórico en las colinas que bajan al golfo de Castellammare. Impresionante.
Los invasores árabes y normandos (hasta el siglo XII) convirtieron Palermo en el centro intelectual del sur de Italia, dejando tras de sí un sorprendente legado artístico: la imponente catedral, la Capilla Palatina, las soberbias iglesias de La Martorana, San Cataldo y San Juan de los Eremitas. Todos ellos, monumentos singulares y hermosos, auténticos remansos de paz en el corazón de una ciudad muy viva.
QUÉ VISITAR
Palermo. La capital de Sicilia es una ciudad hermosa, algo destartalada, que ha hecho del bullicio uno de sus encantos. Las calles laberínticas de trazado árabe-medieval unen el centro comercial con la catedral. Un rincón para perderse (en el buen sentido) en Palermo es la iglesia de San Juan de los Eremitas, cuyas cinco cúpulas árabes de color rojo se alzan desde el siglo XII sobre un romántico claustro.
Catania. La segunda ciudad de la isla debe su mala fama a los robos. Hay que ir con cuidado, pero sin obsesionarse, sobre todo si se conduce por el casco viejo, en permanente estado de obras. Los alrededores de la plaza Bellini se pueblan de terrazas al caer la noche, el sitio ideal para cenar y tomar una copa en una atmósfera algo decadente. La pastelería Savia, con sus especialidades de pasteles a la ricotta (queso) es toda una institución.
Taormina. La han llamado la Saint-Tropez de la montaña. Desde su teatro grecorromano se ven el mar, el volcán Etna y, los días más claros, hasta Calabria, allá en el continente. El corso Umberto, la animada calle que cruza la ciudad, está flanqueado por elegantes comercios y cafés, muy cerca de la plaza 9 de Abril, con una asombrosa vista panorámica sobre el mar.
Siracusa. Se divide en dos partes: la Neapolis, donde están el parque y el museo arqueológicos; y la isla de Ortigia, que es el centro histórico. Es imprescindible recorrerla a pie, observando con detalle las fachadas, plazas y balcones de sus casas señoriales. La fuente Aretusa, que mana agua dulce a unos pasos del mar, es una curiosidad imprescindible.
Ragusa. Las fachadas de palacios, restaurantes y hoteles rivalizan en adornos barrocos en esta ciudad, encaramada en un monte donde no pueden subir los coches. El jardín Ibleo encierra tres iglesias ahora cerradas.
Agrigento. Todo el mundo llega aquí para visitar el valle de los Templos, a pocos kilómetros de la ciudad. La via Atenea, larga y tortuosa, recorre el centro, donde hay que ver la iglesia de Santa María de los Griegos, levantada sobre un templo dórico del siglo V a.C.
Segesta y Selinunte. Cerca de Palermo se alzan estos dos parques arqueológicos cuya belleza nada tiene que envidiar a otras ciudades de origen griego.
TOUR DE LA MAFIA. Hablar de Sicilia y pensar en la Mafia es todo uno, aunque los turistas les tienen sin cuidado; para algo son hombres de negocios. No obstante, hay lugares donde los visitantes más aventureros pueden rastrear sus huellas. En Palermo están el blindado Palacio de Justicia; la prisión Ucciardone, donde enloqueció Michele Greco; el Grand Hôtel des Palmes, que alojaba a Lucky Luciano; y el teatro Massimo, escenario de El Padrino III. A 60 kilómetros de Palermo, el pueblo de Corleone es famoso gracias a Francis Ford Coppola y a que en la Plaza Mayor han erigido un monumento a los jueces Falcone y Borselino, asesinados en 1992.
CONDUCIR POR LA ISLA. Recorrer Sicilia en coche no es tarea fácil ni relajante. Hay que decir adiós a la eficacia de las rayas blancas, los Ceda el paso y los Stop. Aquí reinan el claxon, los frenazos, las calles de sentido único, las limitaciones para coches privados... por no citar la anarquía de peatones y motos.
HORARIOS. Si quiere comer y cenar caliente, sin esperar turno para coger mesa, hay que ir a las trattorias en horario europeo; es decir, a las 13.30 para almorzar y a las 20 horas, como muy tarde, para cenar.
TUNEZ
Comparada con las grandes metrópolis del mundo, Túnez no impresiona en exceso. El centro es compacto y fácil de recorrer; lo fundamental para los viajeros se halla en la medina y en la ville nouvelle.
La medina es el núcleo histórico y cultural de la moderna Túnez y un sitio idóneo para formarse una idea de la vida en la ciudad. Construida durante el siglo VII, perdió su privilegio como centro de la capital cuando los franceses tomaron el poder y erigieron su ville nouvelle hacia finales del siglo XIX. Uno de los lugares de interés más antiguos de la medina, la mezquita de Zitouna, fue reconstruido en el siglo IX sobre la estructura original del siglo VII. Sus constructores reciclaron doscientas columnas de las ruinas de la Cartago romana para la sala de plegarias central. Los no musulmanes vestidos con recato pueden entrar hasta el patio. El olfato ayudará a traducir el nombre del cercano Souq el-Attarine, el zoco del perfumista, donde las tiendas se surten de aromáticos aceites y especias. Al Oeste, la mezquita de Youssef Dey fue la primera de estilo otomano que se construyó en la ciudad (1616). En el cercano Souq el-Berka los corsarios musulmanes vendían a los esclavos.
También en la medina, el Tourbet el-Bey es un enorme mausoleo que alberga los restos de muchos beys, princesas, pastores y consejeros husseinitas; el guarda es un guía entusiasta. No muy lejos, el Museo de Dar Ben Abdallah aloja el Centro de Artes y Tradiciones Populares, donde las piezas expuestas parecen casi mediocres en contraste con el majestuoso telón de fondo del edificio. En la zona se halla Dar el-Haddad, una de las viviendas más antiguas. La medina fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981.
Las calles de la ville nouvelle están flanqueadas por edificios de impronta francesa repletos de verjas de hierro forjado y ventanas de lamas, elementos que le otorgan un aire europeo, acentuado por las terrazas de las cafeterías y las pastelerías. Tras admirar la arquitectura colonial, merece la pena visitar la catedral de St Vincent de Paul, que presenta una amalgama extraordinariamente estrambótica de estilos arquitectónicos (gótico, bizantino y norteafricano).
A unos 4 km al oeste del centro de la ciudad se ubica el indispensable Museo del Bardo, instalado en el antiguo Palacio del Bardo, la residencia oficial de los beys husseinitas. En su interior, la colección se divide en secciones que cubren diversas épocas: la cartaginesa, la romana, los primeros tiempos del cristianismo y la árabo-islámica. La parte romana contiene una de las mejores exhibiciones de estatuas y mosaicos de todo el mundo. Se puede llegar al museo en taxi o tranvía.