Llegar a Villefranche en barco es espectacular. Desparramada desde lo alto de las montañas, recibe el sol directo de la mañana sobre sus fachadas de colores “tierra”, marrones, ocres, azafrán, amarillos, y canela. Es uno de esos bucólicos pueblos de la Costa Azul que parecen haber cobrado de vida del lienzo de un pintor impresionista. Todo en Villefranche es perfecto, ordenado, y es el perfecto ejemplo del buen vivir y la refinada forma de entender la trascendencia humana. De pueblo de pescadores, con una fachada marina convertida en una postal, a pueblo de veraneo “o sea”.
Un desayuno rápido contemplando la bella costa. Es otra cosa espectacular de los cruceros: “desayunar cada día en un sitio diferente”.Aunque Monaco y Niza quedan a pocos minutos, la escala es muy corta. No hay mejor forma de disfrutar de forma pausada el pequeño enclave. Aunque la ciudad crece de forma desordenada montaña arriba, el casco histórico es intemporal y milimétricamente conservado.
El placer de Villefranche es caminar por sus sinuosas callejuelas invadidas de flores, plantas, en donde algún gato ocioso parece decir. “ya están los locos cruceristas molestándome”. Subir por las empinadas escaleras hasta la Iglesia de San Miguel, o simplemente perderse caminar silenciosamente por la Camara Oscura. Una calle medieval, cubierta que parece haber sido sacada de una película de terror, y en donde te puede saltar un Jack el Destripador desde cualquier esquina.
Oler las flores perfectamente ordenadas, en una región especialmente fragante. La Provenza, y Costa Azul, es especialmente famosa por la Lavanda, el Olivo, los acietes esenciales, y el arte de hacer perfumes, de todo tipo de productos. Fragancias que se plasman en su producto estrella, que es el jabón natural, no solo de la Lavanda sino de todo, y que hay que comprar necesariamente en Terre Doree, la tienda artesana por excelencia de Villefranche, que fabrica jabones artesanos desde “tiempos inmemorables”. Es una aldea para el placer visual, el descanso, y la pausa. Un café au lait mirando al mar, o contemplar el mar azul desde la Fortaleza del siglo XVI.