Habida cuenta de que las escalas y detalles del concordia en el "mediterraneo mágico" ya están perfectamente detalladas en diversos hilos, me voy a centrar en mi experiencia de la vida en el barco. Es un relato ESTRICTAMENTE PERSONAL y únicamente basado en mi forma de ver las cosas. Aclaro esto para que nadie se sienta ofendido.
Allá voy:
LA COMIDA
No soy de las personas que necesitan comer bien para estar a gusto en algún sitio. Realmente ese es uno de los aspectos que menos me preocupa a la hora de decidir un viaje, ya que soy de buen conformar, e incluso en ocasiones soy tremendamente feliz con un simple bocata de atun con pimientos siempre y cuando aparezca en el momento oportuno. Pero debo decir que si la comida del barco merece algún calificativo, sólo se me ocurre este: Execrable.
Comida de colegio, o de hospital. Rememoré innumerables veces el comedor del semi internado en el que me eduqué (o maleduqué, según se mire). Los buffets tanto del desayuno como del almuerzo eran insoportables y repetitivos. Al tercer día sólo con pisar el restaurante se me cerraba el estómago y me dedicaba a vagar una y otra vez como un alma en pena ,plato en ristre, por las diversas lineas de comida a ver si aparecía algo que llegara a apetecerme. Nunca hice tantos kilómetros en balde.
Lo único bueno de la comida era en algunos casos su presentación, pero en cuanto la ponias en el plato, inexplicablemente perdía toda su gracia. Y al llevarla a la boca mutaba a desgracia sin paliativos. Comida sosa, mal condimentada, de calidad tercera regional. Lo que los catalanes llaman "enfartapobres".
También pueda ser que siempre he detestado los buffets. Cuando las grandes cadenas hoteleras con ínfulas de excelencia los adoptan, por algo será...y ese "algo" no suele ser otra cosa que economía de medios. El buffet, contra lo que pueda parecer, inhibe a los buenos comedores. Por algún motivo el cerebro de la mayoría de los mortales suele saturarse ante la visión de grandes y variadas cantidades de comida, lo que reduce el consumo. Y cualquier basura enlatada vertida sobre una fuente y decorada con hojas de lechuga por los bordes y frutas cortadas con formas de flores imposibles adquiere un engañoso aspecto apetecible.
Pero siempre pensaré que aquella ensalada de palmitos y palos de cangrejo provenía de latas industriales mezcladas con litros de mayonesa "casera". Daba verdadero asco.
Las carnes ,impracticables sin excepción. Los pescados con regusto a congelador. Y las verduras y hortalizas con un "bouquet" inconfundible a cámara frigorífica.
Lo único que me salvó de la inanición eran las porciones de pizzas que daban a todas horas. Y no es que fueran particularmente buenas, máxime cuando estamos hablando de un barco de tradición italiana, sino que de toda la basura que repartian por los comedores, aquella es la que por su propia naturaleza más sintonía encontraba entre su aspecto y su sabor. Me harté de pizzas.
Otra de las cosas que me aturdían era ver a la gente sirviéndose, haciendo combinaciones imposibles (vi a un guiri con paella y melocotón en almíbar en el mismo plato), y llenando las bandejas de una manera que pareciera que no habían comido en su vida. Y si bien eso es algo que no me importa demasiado, lo que sí me mataba, como persona de bien que me considero, era ver que esos platos se quedaban en la mesa casi tan llenos como habían llegado. Hay personas que no entienden el concepto de "degustación". Y se me rompía el alma viendo a los filipinos recoger todas aquellas sobras. Pero quizás es que yo sea muy sensible al desperdicio de comida. No en vano soy de la generación de la leche en polvo, y mis padres y abuelos me enseñaron que la comida no se tira. Pero por más sensible que yo sea, sigo pensando que lo que se hace a diario en un barco de esa índole, merece un hueco en en las tablas de la ley como pecado capital.
La hora de la cena en los restaurantes no era mucho mejor. Por más pomposo que resulte el hecho de "comer a la carta" y lo elaborado de los nombres italianos o franceses de los condumios, eso no influia para nada en la calidad de la comida. O quizás sí...pero para peor. La comida de la cena era igual de asquerosa e insípida. Como el peor de los cáterings. Creo sinceramente que cualquier mac donalds de carretera ofrecería mayores estándares de calidad que lo que servían en esas mesas.
No obstante, como soy un niño bueno, yo solía vaciar los platos. Entre otras cosas porque a dios gracias las cantidades eran ridículas (de alguna forma tenían que sujetar a la plebe que se explayaba en el buffet tirando comida).
LOS COMPAÑEROS DE CRUCERO
Debo reconocer que no hice grandes amistades en el barco. De hecho, aquellos con los que más hablé son personas que si me los encontrara en la calle dentro de un par de meses ni me acordaría de sus caras...y creo que el sentimiento sería recíproco. Y si llegara a reconocer a alguno, haría todo lo posible para que no me viera a mi.
Y eso que el barco iba hasta la bandera, contra mi intuición primera de que por las fechas que eran habrían grandes vacios. Pues nada de eso. Aquello iba repleto, y era especialmente notorio a partir de las 6 o 7 de la tarde, en que medio barco se olvida de que hay camarotes y andan todos pululando entre el casino y las tiendas.
Mi conclusión es que el 50% eran matrimonios de sexagenarios con posibles, el 40% familias enteras (padres, madres, niños, tios y abuelos) que eran fácilmente reconocibles porque hablaban siempre a gritos, mantenian las puertas de los ascensores abiertas hasta que subía el que más retrasado venía por el pasillo y copaban un área de 5 ó 6 mesas en los buffets a la hora de comer. Del 10% restante pongamos un 5% de parejitas de mediana edad celebrando algo, y otro 5% de parejas jovenes en luna de miel. Por una regla de 3 simple se deduce que de encontrar sintonía con alguien, sería con el 5% de parejas de mediana edad. Y en un barco con 3000 tios a bordo, ese 5% se convierte en una aguja en un pajar. Resumiendo, podría decirse que el resarcimiento en forma de agradables conversaciones de gente interesante, dentro de ese barco era un erial que elevaba el hallazgo a categoría de 5 mas el complementario. Dificilillo.
Y mis compañeros de mesa de cena eran un claro ejemplo. De 4 parejas que éramos, excluyendo a mi esposa, sólo hallé cierta complicidad con un chico de Santander que parecía espabilado e interesante. Los demás eran un coñazo insufrible, y a la tercera noche ya tenía ganas de que el momento de la cena pasara cuanto antes. Aunque en honor a la verdad el sentimiento debía ser mutuo, porque yo tampoco debí caerles muy bien a ellos, a pesar de que hice todos los esfuerzos posibles por tratar de ser mínimamente agradable. El caso es que por el día ellos (las otras tres parejas) solían ir juntos de excursiones y hacían planes conjuntos que, en un alarde de diplomacia nos hacían extensivo con un sobrio "...si os apetece veniros..." que también muy diplomáticamente yo declinaba por axioma. Las conversaciones en la mesa se limitaban a relatar las experiencias del día y lo bien de precio que encontraron esto o aquello salpicado de anécdotas familiares que en caso de la pareja de málaga eran continuos monólogos intrascendentes por parte de ella. Una tortura china.
En una sóla ocasión traté de sacar un tema reflexivo y fue tal el rechazo que obtuve que me juré a mi mismo que a las horas de cenar sólo hablaría del tiempo y la salud, como mandan los cánones de la elegancia británica.
Pero no todo iba a ser malo. Una pareja de Madrid, algo más mayores que nosotros, pero con una mentalidad muy progresista y muy agradables hicieron un verdadero deleite de los momentos tontos en que el barco navega y ya no sabes con que entretenerte. Mis saludos desde aquí para ellos. Lamentablemente estaban en el otro comedor a la hora de las cenas.
El pasaje en general estaba compuesto por italianos, españoles y franceses mayoritariamente, y un porcentaje residual de otras nacionalidades entre las que proliferaban bastantes rusos. Hay que decir que los italianos, en normas generales, son tanto o más ruidosos que nosotros y se convierten en un verdadero incordio en los momentos de mayor trajín. Tanto en los buffets como en las horas de embarque y desembarque, lograban ponerte la cabeza loca si coincidías con ellos en las filas de espera. Y por algún motivo que nunca descubrí, tenían una capacidad asombrosa para comunicarse de proa a popa sin necesidad de megafonía adicional.
EL SERVICIO:
Este quizás sea uno de los episodios más intachables del barco. Y digo "quizás" porque por lo que pude de ver yo probablemente sea un cliente modelo a la hora de tocar los huevos al personal. Contra todo pronóstico (estareis pensando), soy alguien a quien no le gusta importunar con tonterias a nadie que está trabajando, y como a dios gracias tengo las entendederas bastante bien amuebladas, pocas veces necesito ayuda para que me expliquen las cosas despacito. Así que cuando me dirijo a alguien de la tripulación trato de que sea de forma justificada y optimizo mi requerimiento para que sea rápido e indoloro para ambos. No obstante, percibí cierta condescendencia por parte sobre todo de la tripulación occidental del barco, que ocupaba los puestos de servicio relativamente cómodos, como tiendas, información, etc...
Al identificarme como español, normalmente se les torcía el gesto y forzaban la sonrisa como pensando "carajo, ya me ha tocado otro plasta". Pero lamentablemente eso es algo a lo que los viajeros españoles debemos acostumbrarnos desde jóvenes. Por el motivo que sea, llevamos el sanbenito de pesados, escandalosos como los italianos, y rupestres como si acabáramos de salir de Atapuerca. Confio en que las futuras generaciones de viajeros españoles vayan cambiando este prejuicio que despertamos entre el personal de servicio europeo, pero no puedo culparles. Lamentablemente el comportamiento de mis compatriotas no les deja otra opción, porque en ocasiones fui testigo de lo coñazo que podemos llegar a ser por mucho que nos vanagloriemos de espontáneos y de ser "el alma de la fiesta". Desde el paliza que tiene al camarero media hora parado esperando que se decida por uno u otro plato de la carta, pasando por la madre incompetente que marea a la tripulación al completo para que le calienten el biberón del nene hora tras hora o el bocazas que al pedirse el cubata empieza a hacer comentarios provincianos sobre la medida del dedal con el que restringen el alcohol. Somos ciertamente unos paletos, y en algunos ambientes eso está muy mal visto.
Y en contraposición a la altaneria (justificada o no, pero altanería) de los trabajadores occidentales, estaba el silencio y las sonrisas eternas de los empleados orientales, filipinos mayoritariamente, que curraban sin descanso y sin queja alguna. Realmente era sobrecogedor ver a aquellas doncellas de camarotes currando de marea a marea de forma tan profesional e incansable. Y lo mismo de sus compañeros que atendían los bares y los restaurantes.
Y fue precisamente eso lo que me hizo tener durante todo el crucero una agria sensación de injusticia.
Por el motivo que sea, me llamó la atención que el 99% de la gente que en el barco trabajaba limpiando la ******* de los demás, eran de una raza diferente a la de los que estaban allí disfrutando de la vida. Los trabajos más pesados e ingratos, no sólo de cara al público, sino también los marineros "sucios", eran de otra etnia. Y eso me marcó, lo reconozco. Era como ver escenificadas en el microcosmos del barco todas las justificaciones raciales y racistas que nos indican el baremo por el que se mueve el mundo.
El único asiático que tenía un cargo a bordo era....el jefe de camareros. Y supongo que sería porque ya que hay que darle mando a alguien, mejor dárselo a uno que sepa hablarles en su idioma para controlarlos mejor. Os juro que este punto llegó a hacerme sentir como un neocolonialista y eso es algo que me inhibe a la hora de disfrutar. Me sentí como uno de esos británicos en la época de la india, en la que los únicos hindús que veian eran los sirvientes del club de oficiales que tenian dispersos por todas partes. Me asqueaba verme a mi mismo paseando ocioso por el barco junto a italianos, franceses, rusos, todos caucásicos blancos mediterraneos, con un ejército de sirvientes con los ojos rasgados.
Supongo que si el servicio en el barco hubiera estado más repartido yo no hubiera tenido esa sensacion tan incómoda, pero es que puedo aseguraros que no habían camareros ni limpiadoras ni amarradores de cabos con aspecto occidental. Sencillamente no los había, y eso convertía el paisaje en un sistema de castas que no me gustaba nada. Pero nada de nada.
Costa debería plantearse este punto, porque a mi me causó un rechazo profundo tanto descaro.
En una ocasión fui a preguntarle algo a la asistente de habla hispana (Una tal Xenia) y aproveché para preguntarle acerca del motivo de esta especie de apartheid. La chavala sólo acertó a poner cara de asombro ante mi reflexión y trató de explicarme que Costa tiene diversas escuelas de capacitación para el personal en algunas partes del mundo, y las que corresponden al servicio están en filipinas. Evidentemente le pregunté el porqué (aunque cualquier idiota puede saberlo) y su respuesta, por simple, me dejó helado: "Porque los orientales tienen una capacidad especial para ese tipo de trabajos". Los alabó hasta la saciedad para dulcificar el argumento: "son muy sacrificados, trabajan muy duro y no pierden la sonrisa". Y ante eso yo sólo pude preguntarle si ella creia que era por algo genético. Quizás sin yo saberlo los orientales de paises pobres nacen con una resistencia especial al trabajo duro y la servidumbre, pero para mi que aquello obedecía a un esclavismo del s. XXI en el que los habitantes de la parte jodida del mundo tiene que conformarse con recoger la ******* de la parte euroacomodada y cobrar en unas jugosas divisas que en sus paises de origen son verdaderas fortunas. Y por supuesto, cobrar menos de lo que cualquier occidental estaría dispuesto.
Por más lógico y económico que pueda ser el motivo. Por más que corresponda a conceptos de macroeconomía imposibles de solventar. Por más que me lo expliquen y me aplasten con la lógica de las cifras, a mi aquello me parece una desverguenza y un descaro que sólo pone en entredicho la humanidad de mi especie.
Y puedo deciros que los detallitos del barco que menos me gustaron, como lo que os he relatado de la comida o el pasaje, son sólo anécdotas que me dejan frio. Pero esto sí llega a cabrearme y a encenderme el pecho. Tanto como para que sea la primera razón por la que no vuelva a subirme a un barco de Costa en la vida (salvo, repito, que mi mujer se vuelva a empeñar).
ENTRETENIMIENTO Y ASISTENCIA
El crucero, por lo que pude deducir, se basa en llegar a primera hora a tierra, pasarse las horas que se pueda aprovechando los paseos corre que te corre y a eso de las cinco de la tarde,volver al barco. De los paseos ya teneis cuenta en los relatos del episodio II, y creo que queda meridianamente claro que a pesar de lo apretado del tiempo, y la sensación de premura e insuficiencia que se me quedaba en el cuerpo, disfruté bastante de las visitas. No obstante me mantengo en la idea de que no me gusta hacer turismo de esa forma. Yo necesito tiempo y calma para mimetizarme con los sitios en los que recalo. Pero admito que como forma de conocer lugares para luego quizás profundizar en ellos, el crucero es una opción aceptable, aunque en mi caso no suficiente.
Y quizás sea porque yo no se disfrutar del barco como una extensión de las vacaciones. A mi no me divierte navegar de esa manera, y cada vez que llegábamos de nuevo a la nave, el tiempo hasta la hora de la cena se me hacía eterno y no hacía otra cosa que dar paseos y más paseos por todos los rincones mientras mi esposa descansaba en el camarote. Pero mis paseos no tenian nada de relajante ni poético. Más bien era lo más parecido a los continuos vaivenes de un felino dentro de una jaula que no puede con la angustia de estar encerrado y trata de paliarlo haciendo como que camina sin ir a ninguna parte. Por supuesto que caminar por cubierta tiene su punto onírico y mágico mientras contemplas la inmensidad del mar, y eso se disfrutarlo...pero cuando llevas 3 horas haciéndolo, cansa. Al menos a mi.
El entretenimiento del barco no es precisamente mi filosofía de vida. Los juegos, los concursitos o incluso la lectura son algo que para practicarlo me debe nacer de forma espontanea. Hacerlo porque no hay otra alternativa es el detonante para que no me apetezca lo más mínimo. Pero hay que reconocer que oferta hay para quien le gusten esas cosas. A todas horas alguien aprendía ritmos latinos, asistia a un curso de doblar servilletas, competía por un título de "mucho macho", o aprendía idiomas de andar por discotecas. Todo lo propio de un resort vacacional para estridentes aburridos que no me sentí motivado para acometer. Y os juro que no era por prejuicios, ni por mantener una postura, ni por considerarme a mi mismo un snob que lo critica todo. Es que realmente no me nacía.
Por otro lado, la mayoría de los entretenimientos del barco acababan sobre las 5, y estaban dirigidos a la gente que no bajaba a tierra, y principalmente para adolescentes y niños. Después de las cinco, sólo habían un par de actividades que consistian en juegos de cartas, bingo y un par de chorradas más que para mi gusto estaban enfocadas a no hacerle competencia al horario de apertura del casino, que es lo que realmente les interesa. Y por esas cosas raras de la vida, soy un extraño espécimen capaz de caer en todos los vicios posibles, excepto el del juego. Ni me gusta ni se jugar a cartas, y un casino es para mi un mundo de misterios. La ruleta me es tan extraña como el black jack y sólo los conozco por las películas y por los cientos de veces que en mi vida he acabado en un casino porque era el único lugar abierto para comprar tabaco o tomar una copa. Aunque a veces también me entretengo observando a los jugadores y sus acompañantes, porque hay cada friki que se podría hacer un zoológico. Y a mi me gusta observar. Pero me pasa como los paseos por cubierta. Después de dos horas observando, me harto y me empacho.
El tiempo no invitaba mucho a disfrutar de las piscinas que, todo sea dicho, son como todas las de los barcos: bañeras grandes. Y aunque en el costa concordia las piscinas pueden cubrirse para esquivar las inclemencias del tiempo, el hecho de estar encerradas convertía el ambiente en la típica atmósfera irrespirable de piscinas municipales, con un asfixiante olor a cloro y un calor húmedo bastante desapacible. Los únicos que las disfrutaban eran los niños ( y los padres custodios a los que no les quedaba más remedio). Los pocos adultos que se veian en ese área se metian en los jacuzzis, que estaban casi siempre atestados y había que hacer cola para entrar. Y una vez dentro parecía estar en una sopa en la que un montón de albóndigas en remojo ablandaban sus carnes hasta puntos de flaccidez. La calidad del agua no me inspiraba ninguna confianza. Por otra parte el ambiente piscinero era bastante ruidoso, y en ese área se llevaban a cabo continuas actividades de grupo que iban desde el aerobic para tercera edad hasta lecciones de tarantella. Todo amenizado por una pantalla gigante de video que cuando no estaba emitiendo las evoluciones en directo de las morsas en movimiento, lanzaba los videoclips de todos los grupos e intérpretes italianos del momento. Acabé de Eros ramazotti hasta los hígados. Y encima con los bafles a todo lo que dan. Insufrible.
Aquí va una muestra:
Obsérvese lo acogedor del espacio y haced un esfuerzo por imaginar el olor a cloro, el calor, el eco piscinero y el volumen a todo meter de la música y los gritos de las monitoras. Reparad tambien en el detalle de los cuartos traseros de las interfectas (las dos de blanco), quienes más que clases de aerobic debieran dar un seminario sobre engorde de puercos para San Martín. El público participante de la actividad tampoco tenía desperdicio...pero eso ya es otra historia.
Otra alternativa era ir al famoso samsara spa, pero yo no me presté a eso. Y es que los spas tampoco me seducen.
El primer día asomé la nariz a ver de que iba aquello, hasta que me di cuenta de que únicamente estaba orientado a sacarle dinero a la gente ofertando masajes vergonzosamente caros y un supuesto espacio VIP que consistía en una "exquisitez" basada en decoración tailandesa tan demencial y sobredimensionada como sólo la mente de Farcus puede concebirla. Además en mi gimnasio (y el de antorcha) ya tengo a diario jakuzzi, tumbona de burbujas, sauna, baño turco y todas esas jilipolleces que anunciaban a bombo y platillo a precios desorbitados...y ni siquiera lo aprovecho salvo de forma esporádica, porque me baja la tensión tanta agua caliente. Y volver a ver la figura de las pobres filipinitas vestidas de forma tradicional sobando a vejestorios, me rescataba el impulso revolucionario y comenzaba a urdir estrategias mentales para acaudillar una rebelión popular convirtiendo las piedras de masaje y las toallas empapadas en armas sanguinarias en contra del imperio occidental.
Lo único aprovechable de todo el espacio era el gimnasio, eso sí. Pero yo fuí tan hábil como para no incluir zapatillas ni prendas deportivas en el equipaje. Un gran fallo que procuraré no volver a tener si alguna vez vuelvo a subirme a uno de esos monstruos.
Con todo lo dicho ya podeis imaginar que al tercer día de crucero, cuando ya había dado vueltas por todas partes, las horas de la tarde se me hacían eternas y aburridas.
Por la noche la cosa no mejoraba demasiado. Después de cenar asistiamos a los shows del teatro, que básicamente consistían en un ballet de tercera fila amenizado por unos cantantes de segunda cantando el pop más insípido y machacón que pueda escucharse en el hilo musical de un dentista. Aclamadas figuras muy conocidas en su casa a la hora de comer desfilaron por el escenario del teatro Atenea durante las 7 noches que estuvimos allí con la inefable presencia una de ellas del mago Martin "gran artista de la televisión italiana", que era como el hermano pobre de David Copperfield. Correcto dentro de su género. Creo que sólo bostecé dos veces mientras trataba de pillarle los trucos. Otra noche actuó un mimo llamado Elan que ejecutaba gracias con humor internacional de las que pueden verse muestras por doquier cualquier domingo en las ramblas de Barcelona a cargo de artistas callejeros. Y cómo no, el fastuoso espectáculo de los "Dancing Gauchos", "directamente de los más famosos casinos de las vegas" (que fijación por las vegas, madre de dios), que en realidad eran un matrimonio de una china con un italiano que habían aprendido a tocar el tambor y manejar las boleadoras con cierta soltura y mataban el resto del tiempo tomando copas por los diversos bares del barco emulando el mismo sentimiento de dejadez y abandono que siempre me produjo en mi niñez ver a los payasos de circo provinciano por la mañana, sin luces ni tramoyas haciendo que parecieran almas en pena. Se que el comentario es duro, pero más dura es la realidad de verlo.
Los que me provocaban una ternura especial eran los músicos de los bares. Esos pianistas que ambientaban los diversos espacios sin que nadie les hiciera puñetero caso. Todos acompañados de un ordenador portátil con el que daban ritmillo de orquesta de barrio a los temas clásicos de hall de hotel internacional. Entre el patetismo y el alcoholismo, fueron los únicos que me produjeron una sensacion de autenticidad en ese mundo artificial flotante.
Y no puedo olvidar las famosas cenas de gala. Era lo que más pavor me producía y en realidad no fue para tanto. Como ya me habían advertido, la etiqueta no era rigurosa. Si bien la gente se arreglaba algo más de lo normal, lo cierto es que los salones parecían el escenario de una boda rural. Cada uno a su aire dando muestras con su atuendo de su procedencia y educación. Uno de esos momentos en los que el hábito sí hace al monje. Y como se que muchos/as lo esperan, aquí van las foto del menda con su parejo, perfectamente conjuntados:
De esa guisa fuimos las dos noches de gala. Como podeis ver yo amorticé el traje de las bodas y sólo cambié los accesorios para conjuntarme con esa criatura del cielo que tuvo el mal gusto de casarse conmigo. Traté de estar a su altura, pero vive dios que las corbatas me quedan como un bazooka a San Pedro. Pero se hizo lo que se pudo.
Después de las cenas y los espectáculos de escala en Hi- fi, un par de veces acabamos en la discoteca del barco, que es lo más parecido a lo que en mi ciudad ya es un icono del frikismo: la Wilson. Antorcha sabe a lo que me refiero. Y para los que no lo sepan, es como las dicotecas a las que iban los actores de las películas españolas de los setenta, tipo pajares y esteso a ligar con suecasbajo los compases de "dale al wiski cheli.....que vamoasé un guateke...".
LOS IDIOMAS EN EL BARCO:
Recuerdo que una de las cosas que más preocupaban a los cruceristas del otro foro, era el idioma dominante en el barco.
Pues según mi experiencia, no hay nada de lo que preocuparse. Y es que en Costa el idioma de la casa es el italiano, que se entiende bastante bien, si no la fonética, al menos los gestos con los que los italianos acompañan su sonidos. Sea de una forma o de otra, se les entiende perfectamente.
Pero es que además siempre que me dirigí a alguien en español, obtuve respuesta también en español. En ocasiones un español atroz, pero español al fin y al cabo.
Y que conste que me estoy refiriendo a la tripulación de servicios de información, gestión y animación. Los filipinos en su mayoría no pasaban de "hola" y "adiós". Alguien comentó en algún lado que por no saber no saben ni inglés...y es bien cierto. Normalmente si les hablabas en el idioma que fuera te sonreian aunque no entendieran un pijo y asentían agradablemente aunque les estuvieras mentando a la madre.
Pero el resto de la tripulación es mayoritariamente políglota. Lo malo es cuando se hacía cualquier tipo de anuncio por la megafonía, porque lo hacían en italiano, ingles, frances, alemán, español y ruso, por ese orden. Y eso convertía cualquier buena o mala nueva en una eternísima tortura que no se acababa nunca. Y a mi esos anuncios siempre me pillaban en el sitio menos oportuno, y en el momento también menos oportuno.
Una de ellas fue en cubierta tumbado en una hamaca. Allí estaba yo tranquilito relajándome bajo el sol sin advertir que, huyendo de aglomeraciones, había elegido una hamaca hubicada exactamente debajo de un altavoz. Y en cuanto la directora de crucero, con su estridente voz de gralla empezó a largar sus imprescindibles informaciones sobre el show de esa noche en el teatro, el corazón me dió un vuelco y las pulsaciones me duraron desbocadas los 20 minutos que necesitó para largarlo todo en todos los idiomas.
Y la otra fue en el camarote, en una de las raras ocasiones en las que decidí echarme un sueñecito de media tarde para que la hora de la cena llegara de una vez. Bastó que pudiera conciliar el sueño para que activaran la megafonía particular, imposible de atenuarle el volumen, para explicar los procesos de evacuación y la citación por grupos para el simulacro, que en clara venganza obvié por completo. 40 minutos de reloj para explicar lo del chaleco, los colores y la madre que los parió. Tuve que coger uno de los almohadones de la cama para tapar el altavoz, porque aquella retahila me estaba matando, especialmente en la parte en alemán, que como todos sabeis no es precisamente un idioma armónico.
Además de todo esto, la organización del barco contempla atención personalizada en los diversos idiomas a través de un abanico de informadores en cada lengua a quienes se les podía encontrar a unas horas determinadas reflejadas en el TODAY.
Lo que sí me llamó la atención (a mi y a un grupito de cruceristas catalanes), es que el catalán y cataluña son perfectos desconocidos en el ámbito mediterraneo, y que sólo se les hace un poco de caso en España, porque aquí somos así de espléndidos con las minorias "históricas". Bueno, pues saliendo de cataluña hacia el oeste, ni puto caso.
Si Jose Luis Carod Rovira viajara en el concordia, se ahorcaria a si mismo con hilo dental, o lanzaba al mar al capitán Giusseppe para que se desmembrara con las hélices, porque allí de cataluña, ni rastro.
Y es curioso, porque el puerto de barcelona es una de las escalas más importantes del viaje, bien porque allí embarca mucha gente, o porque para los extranjeros que hacen la travesía barcelona es un destino muy atractivo, y sin embargo nadie podría diferenciar si atracábamos en barcelona o en Cádiz. Y es que el día de barcelona, la cena era española (con paella en el menú), al desembarcar, te esperaba una animadora vestida de faralaes para hacerte la foto, y en las fotos que ponian a la venta, añadian un marco con motivos andaluces y el toro de osborne. Muy propio, sí señor.
Y en cosas como esa uno se da cuenta de que todas las pataletas de nuestros compatriotas catalanes, esos que han obligado al resto de España a decir "Lleida" en lugar de "Lérida" mientras ellos continuan llamando "Saragossa" a "Zaragoza" u "osca" a "huesca", fuera de la piel de toro no tienen ningún eco. Y cuando digo "ninguno", me refiero a exactamente eso: ninguno.
Al parecer los abruptos, insensibles y centralistas españoles imperiales (manda huevos que esto lo diga un canario archipielágico y ultraperiférico) somos los únicos en el mundo que les hacemos un poco de caso y manifestamos ciertas dosis de respeto por sus particularidades culturales. Porque en el resto del mundo, pasan de ellos como de coger el sida. O al menos en los barcos de costa....compañía que no olvidemos, considera el puerto de Barcelona uno de sus spots principales hasta el punto de haberlo dotado de un palacrucero de lo más molón y coqueto. Pero de Cataluña y su idioma....ni rastro. Para aquella gente estábamos en España, sin más consideraciones. Imagino que a cualquier miembro del tripartito esto le producirá úlceras de diversos tipos, pero como quien paga manda, pues ahí están calladitos, sin rechistar, dejando que los italianos ninguneen la inestimable aportación cultural de cataluña al mundo y sin amenazar al gobierno italiano con hacerles el vacio y tomar represalias del tipo "pues ahora no te hablo, hala". Parece que mientras todo el mundo cobre su parte, las bocas se cierran y el ardor soberanista se reserva para tocarle las narices a los padres catalanes que ansían para sus hijos una formación adecuada en la lengua de cervantes y que no sean unos analfabetos en cuanto crucen el ebro. Porque ni para traductores en un crucero encontrarían mercado, visto lo visto.
CUEVA DE LADRONES
Por lo que pude comprobar, una cosa hay que tener clara a la hora de subirse en uno de los barcos de esta compañía (las demás no se porque no he subido): Te van a sacar los ojos por respirar.
Allí no hay nada gratis. Si piensas que por pagar el billete te van a invitar a un chupito después de cenar, eres un iluso/a de campeonato. La vida en el barco está orientada para que consumas, y por cada consumición te toca sacar la tarjeta del diablo esa que el primer día tienes que asociar a tu tarjeta de crédito. Bueno, este punto no es obligatorio...también puedes poner un fondo mínimo de 150€ y cuando se acabe, pues pones más. Lo que quiere decir que ellos ya calculan que durante tu viaje, lo mínimo que les vas a dejar en sus arcas sea esa cantidad.
Y puede parecer mucho, pero en realidad y tal como funcionan las cosas allí dentro, es una minuncia.
Por lo que pude ver, y sin salirse demasiado del tiesto, una pareja típica consumiendo de forma moderada, se baja del barco en un viaje de 8 días con un saldo negativo de entre 300 - 400€. Y eso sin hacer nada fuera de lo normal. Limitarse a tomar un cóctel después de cenar, o un café por la tarde, o comprar cualquier jilipollez ya te pega un sablazo de tres pares, porque allí los precios no es que sean populares.
La primera noche me pedí dos cubatas con mi mujer (cuatro entre los dos). De ron bacardí blanco...ese que se usa para limpiar heridas... y la cuenta daba como para comprar tres botellas de un ron decente en cualquier supermercado. La coca cola, por supuesto, de grifo. Tropecientos cubos de hielo que aguaban completamente el brebaje, y una medida de ron que se podría administrar a un bebé para que cogiera algo de sueño sin más complicaciones..
Yo diría que de lo que cobran por cada copa, el porcentaje de beneficio será aproximadamente de un 200%. Y así con todo lo demás.
Las tiendas del barco durante las horas de navegación...esas horas de la tarde en que te aburres como un condenado, están en plena actividad, y sus precios parecen sacados de un día de hecatombe bursátil a nivel mundial.
Recuerdo haber mirado el precio de un polo para mi sobrino con la figura del barco (lo cual no deja de ser un soporte publicitario), y en talla XS costaba la friolera de 45€. Y no es que fuera un alarde de calidad. Evidentemente, no quiero tanto a mi sobrino.
Si encima te aburres y quieres hacer algo para entretenerte, tienes la posibilidad de jugar al bingo más lucrativo del mundo mundial (por el precio de los cartones), o darte un paseo en el simulador de fórmula uno que tienen en la cubierta superior al módico precio de 30€ por diez minutos. Como para enviciarse....
Comprar revistas, tabaco, un cepillo de dientes que se te olvidó, o cualquier chorrada que necesites, te costará un 300% más que si lo compras en tierra. Así que si uno pretende que no le sableen, lo mejor es hacer previsión para tener todo lo que necesites antes de embarcar. O como decían en el otro foro, llevarte tu petaca y hacerte los cubatas de estrankis, lo cual a mi, la verdad, me da un mal rollo a mi edad por el que no me gusta pasar.
Además, no me gusta ir de cicatero, y menos cuando viajo....pero tampoco me gusta que me estallen porque sí, porque ellos lo valen.
Y luego está el casino.
Como dije anteriormente, está situado estratégicamente en el puente 5 y de forma que tengas que pasar por allí atravesándolo para ir a cualquier sitio que quieras. Y lo que me asombró es lo ludópata que puede ser la gente, porque aquello estaba atestado desde que abría hasta que cerraba. Yo por suerte ni soy jugador, ni me atrae, ni se siquiera jugar a las tragaperras, que siempre me hago un lio con las peras y las manzanas y no doy una. Y de rueletas, black jacks y demás mandangas tampoco entiendo nada. Pero el aburrimiento es muy atrevido, y en los momentos que me paseaba por ahí, no pude menos que sorprenderme de cómo se gasta la peña el dinero de una forma tan absurda. Y en buenas cantidades además. Pero bueno, para gustos colores. Lo que sí es cierto es que con el casino deben hacer un negocio que da para pagar el combustible de un año por lo menos....y luego te cargan una tasa por los precios de los combustibles...tocate los coj...
Resumiendo: No hay X1 que compense la forma de funcionar allí dentro. Yo pagué el X1 de marras y bueno...a pesar de tener mis bebidas en comida y cena ya pagadas (que no gratis), me dejé una pasta gansa en infinidad de detalles que a uno se le pasan por alto.
Y los precios de las excursiones....impresionante.
Incluso recuerdo que en roma, la más barata se llamaba "roma en libertad", que consistia en llevarte en bus, dejarte en el vaticano para ir a tu bola, y recogerte a las 4 de la tarde para traerte de vuelta. Por el módico precio de 41€ por persona. Y el tren que se coge en civitavechia vale 9€ y el billete te sirve para el transporte público en roma todo el día.
Sencillamente, creo que no tienen verguenza. Y por supuesto, de esas cosas no informan a la gente. Yo personalmente me sentí como un cajero automático andante.