Soy adulto, pero lo que les contaré lo viví como niño...
Crucé 6 veces el atlántico en buques "trasatlánticos". Así se llamaban. Nadie les decía cruceros. Para mí, que viajé en esos años dorados de los barcos de pasajeros, cuando escucho "crucero" me suena a casino, "bote del amor", luna de miel de una semana, etc. Y me da la impresión que sus pasajeros no tienen tiempo de llegar a “sentir” el barco como quienes estuvimos 15 días o más en ellos siendo niños. Los viajes en esos barcos fueron inolvidables y quiero referirles que yo amaba viajar en ellos.
Las primeras dos veces que crucé el Atlántico era muy pequeño y no lo recuerdo (tenía menos de un año)
Mi primer viaje en barco que recuerdo fue desde La Guaira (Caracas no tiene costa) hasta Barcelona (España). Lo hice con mis padres en el SORRENTO, en 1963 (lo recuerdo porque ese mismo año asesinaron a J. F. Kennedy) Tenía entonces 7 años y era mi primera vez. Recuerdo algo de las escalas en las islas del Caribe: Martinica, y Dominica. El barco nunca llegó a ingresar sus puertos. Luego las islas Madeira (tampoco llegó al puerto de Funchal; pequeños botes se acercaban a vender sus coloridos y típicos textiles hasta el barco). Luego Las maravillosas Canarias (Santa Cruz) Hermosísima ciudad de la que recuerdo siempre su reloj de flores (Plaza García Sanabria).
El regreso lo hicimos 8 meses después (1963) en el Andrea C. Pocos recuerdos conservo de ese viaje sal vo que volvía ver el reloj de flores.
El tercer viaje (La Guaira – Barcelona) fue en el IRPINIA, en 1964. Pasamos por Barbados sin entrar a puerto. Fue maravilloso. Yo tenía 9 años y una chica preciosa de 12 se enamoró de mi, claro, y yo de ella. Amor de niños… ella me llevaba de la mano por todo el barco y yo, encantado de la cara de envidia de los muchachos de 15, no podía evitar que mi rostro se mantuviera rojo como un tomate. Luego, 15 días después, al llegar al puerto de Barcelona, cuando nos separamos (cada quién por su lado), no les cuento lo que sufrí por varios meses (pero aprendí temprano, con inocencia, las dos caras del amor).
Algo muy anecdótico que sucedió en ese viaje ocurrió al entrar al puerto de Casablanca, en Marruecos, y fue memorable. El barco no aminoró la marcha al girar en una boya (ruta obligada de todos los barcos para entrar a puerto) y la nave se inclinó al girar de manera muy alarmante. Recuerdo que estábamos en el comedor, la cena estaba servida para los pasajeros de la “primera colazzione” y el desastre fue espantoso. Estábamos entre las mesas, caminando hacia la nuestra cuando tuvimos que sujetarnos de las sillas y de la mesa que teníamos en ese momento al frente. La sopa estaba servida. Horrorizados vimos botarse la sopa, luego deslizarse los platos, voltearse las jarras de agua, y terminar todo en el piso. Hubo heridos, personas de todas las edades que se cayeron en las escaleras. Increíble… Nos enviaron de nuevo al camarote a esperar para limpiar y ordenar todo. Luego todo fue bien hasta Barcelona. Por supuesto, nos enteramos que el piloto inexperto o imprudente lo mantenían preso desde el accidente y permanecería así hasta llegar a Nápoles.
El cuarto viaje lo hicimos en 1968, en el Federico C. Estoy de acuerdo en que era un barco fabuloso en su época. La ruta era bastante inusual: Barcelona, Lisboa, Azores, Miami, La Guaira. El viaje fue muy hermoso, aunque procuré no enamorarme esa vez…
Yo viajaba en clase turística A y los amigos que hice en ese viaje, en primera clase. Por supuesto que me estaba prohibido subir a primera clase pero, como en todos los viajes, los primeros días recorría todo el barco, y ya, desde el principio, la tripulación de primera me conocía y estaba familiarizada al verme allí. Yo subía a primera sin problemas utilizando un ascensor. En primera me hice amigo de otros niños y todos los días nos encontrábamos para jugar. A veces iba a proa y me subía a ella asomando medio cuerpo por la borda de la proa para ver cómo el borde de la misma, allá bien abajo, cortaba el agua. Era impresionante y fascinante. Ahora sé que era muy peligroso pero yo era un niño y el barco me amaba como yo a él. Desde allí pude ver por primera vez los peces voladores atravesar largas distancias casi pegados a la superficie, y también vi delfines que parecían jugar colocándose justamente delante de la proa, sin saltar fuera del agua como hacían cuando se desplazaban al lado del buque, sólo navegando a escasos metros delante de su proa durante largo rato a gran velocidad. Se notaba como podían nadar a mayor velocidad que el barco.
Este viaje también tuvo su anécdota memorable. Este buque, a diferencia de otros menos modernos, estaba dotado de estabilizadores giroscópicos, y su tripulación lo pregonaba con orgullo. En verdad era un sistema efectivo para minimizar las cabezadas y oscilaciones de la nave. Se notaba su estabilidad, especialmente al comparar el modo de desplazarse con los barcos de los viajes anteriores a éste. El caso que les refiero es que, cuando nos aproximábamos a Miami, el Huracán Gladys estaba haciendo estragos en el área y el Federico tuvo que desviar su curso para hacer un rodeo y evitar problemas mayores. A pesar de ello, la marejada que enfrentaba el barco era grande, tanto, que fue necesario desconectar el sistema de los giroscopios debido a que el mar estaba muy encrespado y el barco se bamboleaba mucho. Y para mis amigos de viaje y yo comenzó la diversión. Ésta consistía en acudir a un pasillo que era el hall de un gimnasio que en aquellas circunstancias permanecía cerrado. Como estaba en uno de los puentes más altos del barco, allí las oscilaciones laterales del buque eran más fuertes. Nosotros tomábamos los felpudos que estaban ante las puertas que daban al exterior y las usábamos para sentarnos en ellas y deslizarnos como un tobogán de un lado al otro del pasillo con cada oscilación del barco. Mientras los adultos no acostumbrados al movimiento se ponían azules por el mareo, nosotros lo pasábamos en grande. Las piscinas y todas las áreas alrededor de éstas estaban cerradas. El agua en ellas se salía y caía por el borde del puente hacia el mar. En los salones de juegos las piezas de ajedrez rodaban por el piso hasta que los suspendieron y solo se podía jugar cartas. Todo eso fui muy ilustrativo porque algunos años después, ya en bachillerato, aventajaba a mis compañeros en las clases de física…(ja, ja esto es un chiste)
Todo lo demás fue muy bien. Cuando llegamos a Venezuela, al puerto de La Guaira, sabiendo que inevitablemente tendría que bajar el barco sin saber si lo volvería ver, subí hasta el último puente, donde asoma la chimenea, cerca de donde mantenían a las mascotas de los pasajeros, y me abracé a ella largamente. También la besé y solté algunas lágrimas. Realmente yo amaba al Federico C !!