Túnez
El primer día de navegación, más que un día ha sido una tarde que he dedicado a recorrer el barco. Después de dar buena cuenta de un par de copas en mi camarote, me visto con ropa todo-terreno, tan adecuada para comenzar a conocer el Star como para ir a cenar y acudir después al espectáculo que el grupo de animadores nos ofrecerá cada noche. Salgo de la habitación y dedico la primera hora a pasear por el buque recorriendo alguno de sus salones y tomándome un combinado sentada en una tumbona de la piscina mientras me deleito con el atardecer del mediterráneo. Cuando oscurece miro mi reloj y compruebo que casi es la hora de la cena. Tengo que dar algunas vueltas hasta que encuentro el comedor principal. Tal y como solicité la mesa que tengo asignada es para seis personas y sospecho que la elección de ésta por parte del gabinete de relaciones públicas del buque, no ha tenido nada de casual. Dos matrimonios de mi edad y Raúl, un enigmático caballero de procedencia argentina. Todos ellos tendrán alrededor de cuarenta años, o sea que creo que seré la más joven del grupo. Es Lucie, la relaciones públicas de la compañía, quien se encarga de realizar las correspondientes presentaciones. Lucie tiene un parecido asombroso con Susan Sharandon y, para este diario, creo que la llamaré de una u otra manera según me parezca. La cena resulta bastante agradable aunque una de las parejas, creo que son los dos valencianos, parecían estar enfadados. Con Fefi y Fran, madrileños, que ocupan un camarote en la cubierta 9, he congeniado especialmente bien. Al terminar de cenar decidimos ir a tomar una copa todos juntos al salón Baton Rouge en el que una cantante de color interpreta jazz acompañada por un piano, un bajo y una batería. Cuando pasamos por el casino paramos a probar nuestra suerte en la ruleta. Cien euros a tomar por culo y un comentario de Raúl sobre la mala suerte en el juego y la buena en el amor que está a punto de hacerme soltar un improperio. Desde luego en mi agenda no hay lugar alguno para el romance. No sé si la frase sería intencionada pero, al menos, a mí me ha parecido un torpe intento de aproximación. Finjo no escuchar y entablo una conversación intranscendente con la pareja de Madrid. Mientras tomamos la copa, Raúl se las arregla para sentarse a mi lado. Todavía no la he terminado pero decido despedirme y regreso al camarote. Sentada mientras escribo, vuelvo con el recuerdo a la Nochevieja del 2014. Jorge conducía hasta el hotel y yo no dije ni media palabra durante todo el camino. Paró en doble fila antes de llegar, con un dedo me volvió la cara hacia él y yo rechacé su contacto con un movimiento brusco de cabeza.
—No te enfades que tampoco ha sido para tanto. No vamos a estar toda la noche así de enfurruñados —yo no respondí y él continuó—. Venga, mujer, perdóname si te he molestado. De verdad que no me gustó verte así con ese vestido tan provocativo. Mira, hoy mucha gente se pasará de copas y no tengo ganas de tener bronca con algún borracho que se pueda propasar contigo. En otra situación, otro día cualquiera te juro que no te habría dicho nada, ese vestido te quedaba muy bien pero, bueno, te lo repito: Si te he molestado, perdona, cielo, no era mi intención.
Volvió a tocarme la cara con su dedo y en esa ocasión no lo rechacé. Él me miró como solamente él sabe hacerlo y yo sonreí. Quizás tuviera razón y mi vestido no había sido la mejor elección. Me dio un rápido beso y arrancó hacia el hotel. Durante la cena y la fiesta posterior olvidé todo el desagradable incidente hasta que míster Hyde volvió a aparecer un par de semanas después.
Cuando entro en la habitación tengo el diario de a bordo encima de la cama. Le doy una rápida lectura antes de acostarme. Anuncia buen tiempo para mañana. Será un día completo de navegación y un momento ideal para disfrutar de las piscinas. Después del desayuno, sobre las once, haremos el simulacro de naufragio. Tendré que ponerme el salvavidas y seguir las instrucciones del personal de a bordo para llegar hasta la cubierta doce donde nos esperaría una de las lanchas de salvamento. Espero no naufragar esta noche porque, en ese caso, no sabría qué hacer. Y ahora que me acuerdo. Mañana También tendré la cena con el capitán así que habré de dar explicaciones a mis compañeros de mesa. Sé que mi situación les intriga. Quizás les de alguna disculpa porque no me apetece nada ir de divina de la muerte contando que cenaré en el comedor privado del capitán acompañada de toda la oficialidad del barco.
He dormido perfectamente bien por primera vez en mucho tiempo. Me doy una rápida ducha antes de ir a desayunar. Entre las múltiples posibilidades que tengo me decanto por no tener que molestarme demasiado y pido que me sirvan un surtido de embutidos, huevos, pasteles, un zumo de naranja del que repito y finalizo con una macedonia tropical seguida de la inevitable bollería para acompañar el café con leche. Definitivamente voy a engordar pienso mientras doy un bocado al último trozo de croissant. Mis compañeros de mesa no han aparecido. Supongo que se habrán levantado más tarde. Después regreso al camarote para esperar la alarma que dará inicio al simulacro de naufragio. El camarero me ha dicho que no durará más de veinte minutos. Busco en el armario el salvavidas y me lo abrocho tal y como indican las instrucciones que están pegadas en la puerta. Apenas me lo he terminado de colocar cuando comienzan a sonar series intermitentes de pitidos de alarma en el camarote que habrían levantado al mismísimo Lázaro sin necesidad de intermediar milagro alguno. Tal y como venía indicado en el diario de a bordo, me pongo ropa de abrigo y aprovecho para trastear tocando un par de veces el silbato que viene atado al salvavidas y salgo del camarote. Junto a las escaleras de bajada ya está Yoko esperándome. A mí y a los otros dos viajeros ocupantes de otra de las suites.
—Baje por aquí hasta la cubierta doce y ahí siga las instrucciones de nuestro personal.
Durante la bajada, un fotógrafo aprovecha para sacar toda una serie de instantáneas que podremos recoger esta misma tarde en la tienda de fotografía. Ya en la cubierta doce nos dirigen hacia la banda de estribor donde están dos filas de pasajeros separados por sexos. Las mujeres, ya se sabe, siempre somos las primeras en abandonar el buque. Cualquiera que haya visto la película de Titanic estará al tanto de ello. En la fila de las señoras, algunos puestos por delante de mí, me encuentro a Fefi. Fran ocupa su lugar en la fila de los caballeros.
— ¿Qué tal has descansado? —me dice ella tratando de hacerse oír en medio del barullo.
—Bien respondo de manera automática mientras el fotógrafo sigue haciendo tomas del grupo de presuntos náufragos.
— ¿Bajarás hoy a la piscina? —Vuelve Fefi a preguntar—. Fran irá al gimnasio y me gustaría tomar el sol charlando de nuestras cosas.
La opción no me parece mala y afirmo asintiendo con la cabeza.
—Entonces nos cambiamos después de todo esto y te espero en la piscina de proa —ella piensa y rectifica—, no, creo que será en la de popa… ¡Joder! —rompe en una carcajada— En la que está ahí, señala con el dedo— pero una planta más abajo.
Yo también me río. Subo al camarote, me cambio y unos minutos antes de las doce bajo hasta el lugar indicado. Fefi está de pie y por su cara parece enfadada. Me mira y se encoge de hombros. No me había fijado demasiado en ella pero tiene un tipo estupendo. Vamos, un pibón en toda regla.
— ¿Qué sucede?
— ¿Qué sucede? —Repite mi pregunta—. Pues sucede que no hay ni una puñetera tumbona libre en ninguna de las piscinas del barco. Como hoy lo dedicaremos a navegar parece ser que todo el mundo se ha decidido a tomar el sol. He preguntado a los chicos de animación y me han dicho que en el resto de piscinas pasa lo mismo. Incluso la climatizada está a tope. ¿Qué hacemos?
Pienso un momento y le guiño un ojo.
—Creo que tengo una solución. Ven, sígueme —digo y comienzo a subir por las escaleras.
Ella no parece muy convencida pero viene detrás de mí. Llegamos hasta la cubierta trece y se detiene cuando ve que mi intención es la de seguir subiendo otro piso más.
—No —me dice—. Creo que la piscina de arriba solamente pueden utilizarla los ricachos que tienen suites.
—Tú sígueme —contesto.
Fefi se queda de piedra cuando ve que Yoko me saluda y que, de inmediato prepara dos tumbonas una al lado de la otra.
— ¡Hostia! No jodas que tú eres una de esas ricachas.
La expresión de mi cara no deja lugar a dudas.
— ¿Quieres tomar algo?
Ella no contesta y mira la piscina casi vacía. Solamente una pareja de viejos, él rojo por el sol, ocupando otras dos tumbonas en el extremo opuesto a donde estamos nosotras.
—Para mí, un daiquiri —dice Fefi casi en un susurro.
—Pues que sean dos daiquiris, por favor —le digo a Jonás que espera a nuestro lado. Mientras tanto, Yoko ha colocado sendas toallas en las tumbonas.
—Fran va a flipar cuando se lo cuente comenta mi nueva amiga mientras se quita el pareo.
—No me importa que se lo digas a tu chico —respondo a la par que me siento en la tumbona— pero te ruego que no lo comentes en la mesa. No quiero que nadie se entere de la habitación que ocupo.
Fefi asiente pero añade a continuación.
—Raúl, el argentino de nuestra mesa, se te comía anoche con la mirada.
Me encojo de hombros.
—Sí, me di cuenta de ello pero no pienso darle bola. Estas vacaciones serán de descanso. Nada de hombres. Solamente sol, comer, beber y charlar de temas triviales.
Ella no se da cuenta de mi pequeña mentira. Desde luego no pienso irme de este mundo sin echar al menos un último buen polvo. Es lo menos que me merezco después de años de fidelidad. Pero el argentino no tendrá esa suerte y ni de coña va a invadir la privacidad de mi camarote. Fefi me acaba de decir algo pero no escucho sus palabras. Está pendiente del matrimonio que está al otro lado de la piscina. El viejo no nos quita la vista de encima y decido ignorarlo.
—Te decía que quiénes son —pregunta mi nueva amiga señalándoles con la cara.
—Chica, no lo sé —respondo—. Pero si tienes curiosidad podemos preguntarle a Jonás. Ahí llega con nuestros daiquiris.
El camarero deja las bebidas sobre la mesita acompañadas de un par de canapés que parecen de caviar.
—Gracias Jonás le digo—. ¿Esa pareja también se aloja en esta cubierta?
—Si madame. Ocupan la suite Tritón. Usted y ellos son los únicos pasajeros de la cubierta —baja la voz y continúa hablando en tono de confidencia—. Él es un magnate alemán del acero y ha elegido nuestro barco para celebrar sus bodas de oro. Creo que esta noche los conocerá durante la cena con nuestro capitán pero si lo desea puedo presentárselos ahora.
Sonrío y muevo la cabeza negativamente.
—Gracias Jonás pero creo que mejor esperaré a la hora de cenar.
Él asiente y pregunta si puede servirnos en alguna otra cosa. Fefi aprovecha la ocasión.
—Mi esposo está en el gimnasio. ¿Podría avisarle alguien de que estamos aquí?
El camarero vuelve a asentir y se marcha sin preguntar por el nombre de la persona a quien tiene que dar el aviso. Fefi me mira y sonríe.
— ¡Chica, qué pasada! Un millonario alemán, piscina privada, canapés de caviar —mira el plato y parece dudar—. Porque eso que nos han puesto debe ser caviar. ¿No?
—Sí, eso creo —respondo y abro el frasco de crema solar. Me pongo un poco sobre la mano y me la empiezo a extender sobre el cuerpo. Compruebo que nuestro vecino alemán no se pierde uno de mis movimientos. Le paso la protección solar a Fefi que, de manera automática, también comienza a darse crema. Ella parece seguir dándole vueltas a la cabeza.
— ¿Cómo sabrá el camarero a quién tiene que avisar? No me ha preguntado su nombre.
—Supongo que tendrá las fotos de los pasajeros con los que comparto mesa. Si no es eso es que no se ha enterado de nada —añado mientras rompo a reír.
Pero sí se había enterado. Tres cuartos de hora después vemos a Fran que aparece por la escalera. Mira a su alrededor, da un largo y muy expresivo silbido y sacude una mano en señal de asombro.
— ¡Joder como vivís los ricos!
—Fefi mueve la cabeza como si intentase buscar en ella algo de paciencia.
—Venga, siéntate y no mires con esa cara de pasmarote que parece que nunca has salido de casa.
Jonás ha vuelto a acercarse y Fran pide un zumo de tomate que dos minutos después está sobre la mesa acompañado de otros tres canapés de caviar. A la una y media de la tarde empiezo a tener hambre a pesar de los aperitivos. Decido tomar un último baño, secarme y cambiarme en mi habitación para comer algo.
—Chicos, para mí ya está bien de sol. Vosotros podéis seguir aquí si queréis. Además tengo que hacer un par de llamadas y mirar mi correo. Esta tarde nos veremos.
No doy lugar a otra posibilidad y Fefi parece desilusionada. Seguramente pretende que hubiera comido con ellos pero por hoy basta de amistades.
Después de comer dedico la tarde a pasearme para terminar de conocer el barco. Paso por la bolera, por el simulador de fórmula I, vvisito alguna tienda y vuelvo a probar suerte en el casino con el mismo resultado de ayer. Después de arreglarme, llamo a Yoko para que me informe sobre el lugar al que debo dirigirme que no es sino el mismo salón donde Paul, el sobrecargo, me recibió el primer día. Elijo un conjunto de seda verde con minifalda a juego. También unas sandalias con el tacón necesario para estilizar mis piernas. Debo haber acertado con la elección porque nada más entrar, el silencio que se produce entre los que ya han llegado me deja bien a las claras que mi aspecto debe ser imponente. Paul me presenta en primer lugar al capitán que gasta un segundo más del tiempo necesario en recorrer mi escote y, a continuación, el resto de integrantes de la mesa. No haré esfuerzos para recordar cargos y nombres. Por supuesto que el matrimonio de alemanes que ocupan la suite Tritón también están. El viejo y millonario nibelungo me recorre varias veces con la mirada. Sigue el ejemplo marcado por el capitán y se detiene, de manera descarada, en mi escote. El capitán nos da un pequeño discurso de bienvenida y, a continuación, subimos hasta el puente de mando. Un inmenso salón rodeado en todo su perímetro por un impresionante ventanal desde el que se puede ver la totalidad del barco. En el centro de la sala hay una mesa, supongo que de caoba, sobre la cual descansan un intercomunicador y una pantalla de televisión en la que se puede ver un mapa de la zona y un pequeño puntito de luz que marca la posición del barco. Repartidos por la sala varios sofás, algunos armarios y fotografías de todos los barcos de la compañía. Media docena de sillones pequeños que se reparten alrededor de la mesa, completan el mobiliario. Nada que ver con la idea que yo podía tener sobre un puente de mando. Ni pantallitas de radar, ni cartas náuticas extendidas sobre una mesa, ni instrumentos de navegación, ni siquiera una rueda de timón. Aunque hablo alemán con bastante soltura, el protocolo obliga y con traducción simultáneas ambos idiomas, el capitán McGregor nos explica que todo ese aparataje se encuentra dos cubiertas más abajo en la sala de navegación, en comunicación directa con máquinas y, por supuesto, con el puente de mando. El alemán hace algunas preguntas relativas a las características del buque y al tipo de acero con el que está construido. Seguramente el teutón pretende sacar algo de información para trapichear con sus hierros. Paul y Hellen, responsables del equipo de animación explican lo que nos vamos a encontrar durante nuestro viaje. . Pasamos al comedor y nos sentamos en una gran mesa circular colocándonos de tal manera que alternamos hombres y mujeres. Seis y seis, paridad de género que dirían los políticos. Me veo escoltada por Paul, a mi derecha y Erik, el viejo alemán, que no me deja tranquila durante toda la velada, a la izquierda. Gedra, su mujer resulta encantadora y en alguna ocasión me dice que si su marido me inoportuna ella me autoriza a tirarlo al mar. Si Jorge hubiera estado presente, seguramente habría presentado su magnífica sonrisa, su cara más amable para, una vez solos, abroncarme por haber dado pie al flirteo. La segunda vez que dio muestras de sus celos patológicos fue unos días antes del verano. La mujer de un compañero de trabajo cumplía años y el marido, un buen amigo nuestro, me llamó pidiéndome que le acompañara para comprar algo a su esposa. Sencillamente quería consejo femenino. Acepté y quedamos a tomar café en una terraza en las ramblas. Allí decidiríamos el regalo y luego iríamos a comprarlo. Ese día Jorge no vendría a casa. Estaba organizando el comité federal del partido. Cuando me llamó por la mañana yo le conté los planes de la tarde. No dijo nada pero el tono de su voz subió media octava. Eso debería haberme puesto en alerta pero no fue así. Lo que sí que me alertó fue que, a partir de las cuatro de la tarde comencé a recibir mensajes suyos. El primero un inocente “Hola ¿qué haces?” Contesté que estábamos tomando café. Diez minutos más tarde el teléfono volvió a sonar. “¿Llegarás muy tarde a casa?” No, respondí. En cuanto Carlos compre el regalo. Con el sexto mensaje, en menos de veinte minutos, mi amigo me preguntó si tenía algún problema. La verdad, no supe que decirle y respondí que eran cosas del grupo de compañeras de trabajo. Apagué el teléfono y cuando lo volví a encender, ya en casa, dos horas más tarde, treinta mensajes y varias llamadas de Jorge esperaban mi respuesta.
La bronca cuando llegó él a las diez de la noche fue de las que hacen época. Reproches por haber ido con Carlos, reproches por haber apagado el teléfono, reproches por ignorarle, por no haber puesto una disculpa para no asistir a la cita… El resultado final fue mi teléfono volando por la ventana del apartamento y yo echada de la habitación.
—Si no te gusta esta cama —dijo Jorge gritando— quizás prefieras la de ese gilipollas de tu amiguito Carlos.
Sin entender nada de lo que estaba sucediendo me fui a dormir destrozada al cuarto de invitados. Al día siguiente, cuando nos encontramos a la hora de desayunar, Jorge estaba como siempre. Habló, me dio un cariñoso beso antes de salir y quedamos para comer en un coqueto restaurante junto a la Barceloneta. Yo me pregunté si todo habría sido un sueño, una terrible pesadilla y que nada de lo pasado la noche anterior habría ocurrido realmente. Mi marido volvía a ser el hombre cariñoso y encantador del que yo me había enamorado.
A las siete de la mañana, tal y como indica el diario de a bordo, atracamos en Túnez. La algarabía de tambores, címbalos y flautas acompañando cantos bereberes se escucha desde mi camarote. He contratado una excursión que nos llevará a Sidi Bou said, la ciudad azul, haciendo una breve parada en las ruinas de Cartago antes de visitar la medina de Túnez. En el autobús no veo a nadie conocido y puesto que va medio vacío, decido sentarme sola y mantenerme en un discreto segundo plano. El ambiente de la casba es divertido pero un tanto anárquico y agotador. Un muchachito se ofrece para llevarme a un mirador desde el cual se divisa una vista preciosa. Después le pido que me lleve hasta algún lugar tranquilo donde poder dar un descanso a mis pies. Entiende perfectamente lo que le digo y cinco minutos después estoy sentada en una mesita tomando una taza de té de menta y fumándome una shisha de manzana. El niño me guiña un ojo y saca de su bolsillo una piedra de hachís y me la ofrece para que la añada al tabaco de manzana. He visto demasiadas películas en las que la inocente turista vive una situación similar y, cuando se despierta, aparece encerrada en el harén de algún país exótico. Le agradezco el ofrecimiento pero le digo que no me gusta ese tipo de cosas. El chico sonríe y vuelve a guardarse en el bolsillo la piedra envuelta en papel de aluminio. Me pregunto si sabré encontrar el camino de vuelta y mi jovencísimo guía se ofrece a sacarme del laberinto de calles y bazares. Cinco minutos después monto en el autobús que nos lleva hasta el buque. El chico parece encantado con el billete de cincuenta euros con el que he pagado su trabajo. Sé que es una propina excesiva pero pronto el dinero no va a servirme de nada. Paso el control de aduanas y a las tres de la tarde vuelvo a estar delante del barco lista para subir. Antes de dirigirme al camarote hago un alto en el autoservicio para comer un poco. En la puerta de la habitación me encuentro con Yoko que hace una pregunta de compromiso sobre la cena de anoche y la excursión por tierras púnicas. En ese momento se me ocurre una idea.
— ¿Ven, pasa conmigo?
—Por supuesto, señora —responde la japonesa con cierta intriga—. ¿Algún problema?
—Ninguno, Yoko. Solamente quiero enseñarte algo.
Ella entra detrás de mí. Abro el armario para sacar el vestido que me puse la noche anterior. Yoko es más pequeña que yo pero creo que, con un pequeño arreglo, podrá utilizarlo. Solamente espero que mis palabras no la ofendan. Dejo el vestido extendido sobre la cama.
—Mira, me lo puse anoche, y nunca lo utilicé en otra ocasión. No estoy muy segura de que vuelva a usarlo. Si te gusta te lo puedes quedar. ¿Lo quieres?
El rostro de ella se ilumina y creo que piensa que estoy bromeando. No es muy normal que una persona a la que apenas conoces te regale un corte de Balenciaga. La camarera me mira con cierto aire de desconfianza. Coge el vestido y se lo prueba por encima de su ropa. Se mira en el espejo del armario y da un paso hacia atrás. Después lo vuelve a dejar sobre la cama y me mira de frente.
— ¿Lo dice en serio?
—Por supuesto, Yoko. Yo soy de pocas bromas. Ya te he dicho que si te gusta, puedes quedártelo —pienso un momento en lo que diré a continuación— y, creo que tengo una idea pero solo espero no ofenderte. Después de cada noche, podrás quedarte, si te gusta, el vestido que me he puesto ese día. Siete noches, siete vestidos. No —rectifico— serán seis porque para la primera noche no me puse nada especial.
Yoko parece no creer mis palabras. Los ojos le brillan alegres y su rostro pierde la estoicidad durante unas décimas de segundo.
—La señora es muy generosa pero creo que no debería aceptar. No estaría bien. Es… es… es demasiado generoso por su parte.
Déjate de prejuicios absurdos. La ropa es mía y no tengo que dar explicaciones a nadie sobre lo que hago con ella. —respondo mientras doblo el vestido y se lo doy. Ya te he dicho que no pienso volver a ponérmelos y me gustaría que tuvieras este recuerdo mío.
Ella inclina la cabeza, toma el vestido que le ofrezco y responde un sencillo “gracias madame” antes de salir de la habitación. Dedico el resto de la tarde a tomar el sol. Mañana tocaremos puerto en Nápoles.