Abril 25, 2026

Presentación y un regalo para el foro

15 Oct 2017 20:55 #1915791 por Chespir
Hola a todos:
Como la mayoría de los integrantes de este foro, soy un enamorado de los cruceros. Mi experiencia no es demasiada, apenas tres marítimos y dos fluviales, que prometo incrementar en el futuro. El último lo realizamos Teresa, mi mujer y yo, en el MSC Splendida por el mediterráneo occidental. En este momento quiero comentaros que también escribo cuentos y novelas. Durante este último viaje se me ocurrió un buen argumento para una novela. La escribí y la presenté a un certamen literario de novela corta. Con ella quedé finalista aunque, lo confieso, no conseguí ganar. He pensado en publicarla de forma tradicional, sería mi séptimo trabajo, pero su corta extensión la hace poco comercial. Al final me he decidido por regalársela a los miembros de este foro. Espero que os guste. Y dicho lo anterior, aclaro que, aunque el barco en el que me inspiro es el MSC Splendida, por motivos que a nadie se le escaparán, he decidido cambiar el nombre del buque y de la compañía. Por otra parte, la descripción y hechos narrados he tenido que adaptarlos a la fantasía literaria por lo que me he permitido ciertas licencias que desvirtúan un tanto la realidad por lo que quizás algunos de los lectores de este foro notarán elementos que no se ajustan a un viaje de este tipo. Espero no recibir muchas críticas por ello. Y ya me callo. Durante las próximas semanas iré publicando periódicamente los capítulos de la obra. Trataré de hacerlo de forma regular cada tres o cuatro días pero tampoco puedo prometerlo. La novela se titula “Ocho días, siete noches” y fue finalista en el premio de novela corta “Encina de Plata” en su convocatoria del 2017.
Chéspir.

Prólogo

Esta será mi última nota en este diario. Solamente me quedan dos cosas. La primera es esperar que su lectura haya servido para aclarar a todos aquellos que alguna vez me quisieron, el motivo de mi drástica decisión. Espero que podáis perdonarme. Dentro de unas horas el barco habrá llegado a tierra, sin mí, y en este camarote solamente se encontrará mi maleta, un pasaporte y este cuaderno manuscrito cuyas páginas le señalarán a él como único culpable de mi muerte. Sí, ya lo sé, es una pobre venganza pero es el único camino que me queda para poder escapar al infierno que he vivido durante estos tres últimos años. Podría volver a intentarlo por enésima vez pero ya estoy cansada. Estoy cansada de vivir en un constante estado de terror. Siempre vigilada. Siempre temiendo que mi móvil suene avisándome de su último mensaje: “¿Qué haces? ¿Con quién estás? ¿A qué hora piensas volver…?” Y de que mi respuesta, sea la que sea, siempre resulte errónea dando lugar a un interminable intercambio de mensajes que, inevitablemente terminan con una llamada telefónica, la amenaza en su voz y la angustia de saber que, al llegar a casa, la amenaza se convertirá en una terrible e inevitable realidad. Ahora, dentro de unos minutos, todo habrá terminado. Será un corto paseo el que me lleve hasta la cubierta trece. No, creo que será mejor hacerlo desde la planta inferior. Siempre fui un poco supersticiosa. Quizás parezca ridículo que, con la decisión que tengo tomada, la mala suerte pueda preocuparme pero las cosas, lo sé por experiencia, incluso en una situación como la mía, siempre pueden ir a peor. La cubierta doce será mi opción. Levanto la cabeza para mirar el reflejo difuminado que me devuelve el espejo del armario. La cara que me mira y que apenas reconozco, es un rostro delgado, de ojos tristes y azules, enmarcado por una media melena de color caoba cuyo peinado conoció tiempos mejores. Esos ojos azules vuelven a mirarme. Me paso la mano por la cara para retirar un mechón de pelo. El corte que tenía en el pómulo ya ha desaparecido como dentro de unos minutos también desaparecerá la cicatriz que dejó en mi corazón como uno de tantos recuerdos tras tres años de convivencia. Antes de buscar mi destino decido apurar el vaso de ron tostado que tengo sobre la mesa. Su aroma a madera y caña apagará el desagradable sabor de agua marina que quizás llegue a sentir en ese último segundo antes de fundirme con el mar para siempre…
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16 Oct 2017 18:04 #1915799 por eduard58
Hola Chespir.

Espero con muchas ganas seguir leyendo siguientes capítulos......el prólogo promete.
Gracias!!!!!
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16 Oct 2017 22:57 #1915803 por Chespir
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Gracias por tus palabras Eduard58. Mañana colgaré el primer capítulo. Espero que te guste. Un abrazo
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17 Oct 2017 15:41 #1915815 por Chespir
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Llegada y primer día de navegación

Desde el muelle miro la imponente figura del buque que se encuentra amarrado a unos metros de mí. A esta distancia su imagen resulta más imponente que elegante. Levanto la cabeza para tratar de alcanzar con la mirada los últimos detalles de la cubierta superior. No lo consigo y mi vista se pierde en una inmensidad de ojos de buey, ventanas y balcones que desdibujan la superficie nacarada del coloso. En la proa, a unos quince metros de altura sobre el muelle, grandes letras azules dibujan su nombre: “Star Rainbow NMC”. Las tres últimas letras no sé lo que significan aunque la señorita que me atendió en la agencia me lo dijo en el momento de informarme sobre los detalles del viaje.
—La NMC es una de las compañías de cruceros más lujosas del mundo.
—Bien —respondí acompañando mis palabras con un asentimiento de cabeza—. Precisamente eso es lo que busco. No voy a reparar en gastos.
La cara de la agente se iluminó y estiró la mano para alcanzar otro catálogo de cruceros.
—En ese caso quizás pudiera ofrecerle otra cosa. Un crucero inolvidable de quince días por los mares del sur.
—Gracias pero no —sonreí sin siquiera mirar el folleto que ella me ofrecía—. ¿Sabes? Le tengo un miedo horrible a volar. Cualquier viaje que haga tendrá que salir desde Barcelona.
—No debería tener miedo a los aviones. De hecho, volar resulta mucho menos peligroso que navegar...
La mujer se arrepintió de inmediato de sus palabras que parecían muy poco adecuadas para convencer a un cliente que pretendía tomar un crucero en pocos días. Su silencio consiguió que, por primera vez, ella se fijara en mi rostro y el corte en mi pómulo que el maquillaje apenas lograba disimular. Inconscientemente se llevó la mano a su mejilla y enarcó las cejas para dibujar en su rostro la pregunta que no se atrevió a formular.
—No es nada —sonreí—. Mi perro, que no sabe medir sus fuerzas a la hora de prodigarme cariños…
La joven asintió con la cabeza con aire de poco convencimiento y el asunto de la seguridad naval pasó al olvido. Volvió a tomar el catálogo de cruceros y su dedo apuntó hacia la imagen del barco que ahora tengo delante de mí.
No pienso arrepentirme del dineral gastado en la impresionante suite que ocuparé los próximos ocho días, ni por el de la botella de champagne Roederer Cristal Brut del 99 que me estará esperando a mi llegada. Tampoco por el vestuario con el que he llenado mi maleta y que se quedará prácticamente sin utilizar, ni por el ritmo frenético de gastos que pienso llevar a cabo en cada uno de los cinco puertos que toquemos. Miro mi reloj que marca las tres y media de la tarde. Dentro de dos horas zarparemos y yo todavía no he realizado el embarque. Mis dos maletas fueron recogidas por el personal de la naviera en el mismo instante en que llegué al control aduanero. Subirán las maletas a mi camarote y la camarera colocará la ropa en los armarios. Quizás se extrañe cuando vea rasgado mi vestido rosa de lentejuelas. Ese lo tengo reservado para el último momento. Con él comenzó todo hace ya tres años. Nos habíamos casado seis meses antes y el monstruo que Jorge escondía en su interior todavía no había dado muestras de su existencia. Fue esa última noche del 2013 cuando apareció por primera vez. Recuerdo el momento como si fuera ahora mismo. Teníamos cena de Nochevieja en el Reina Sofía con doce uvas y cotillón incluidos. Yo me había vestido para la ocasión con el mismo vestido que ya estaría guardado en el armario de mi cabina. Hombros al aire, falda a media pierna y ceñido a mis caderas y cintura como si fuera un guante. Giré sobre mi misma para observar el efecto en el espejo de mi habitación. El conjunto resultaba sexy pero no escandaloso. Me puse las medias de cristal y unos zapatos de tacón de aguja que pensaba sustituir por unas mucho más cómodas toreras en cuanto los pies comenzaran a dolerme. Ya calzada volví a mirarme en el espejo y asentí complacida. Jorge me esperaba tomando un Martini en el comedor. Me maquillé suavemente y pinté mis labios de rosa para acompañar el color de mi vestido. En el salón, Jorge miraba algo en la tele. Me puse entre él y la pantalla, sonreí y fruncí los labios con la intención de tirarle un beso. El gesto quedó a medias cuando vi la cara que ponía.
— ¿Piensas salir así? —fue el comentario que hizo a la par que dejaba la copa sobre la mesa.
— ¡Sí! —Respondí con una sonrisa—. ¿Verdad que estoy guapa? Compré este vestido hace unos días y pensé que sería ideal para la fiesta de esta…
No me dejó continuar. Con un ademán despectivo interrumpió mis palabras igual que antes había interrumpido el beso.
— ¿No te gusta? —Dije con voz melosa—. Pensé que…
—No, no me gusta que mi mujer vaya arreglada igual que si fuera una vulgar puta. En el Raval encontraría rameras con más estilo que tú.
Tuve que pensar dos veces lo que acababa de decir para poder asimilarlo. Fue el tiempo suficiente para que Jorge se levantara de su asiento, agarrara el vestido por el escote y de un fuerte tirón rasgara toda la tela. Mis pechos aparecieron desnudos ante su mirada y él giró la cabeza con desprecio.
—Tápate y no seas zorra. Tenemos la mesa reservada para dentro de dos horas.
Volví a la habitación hundida en un mar de lágrimas y mientras buscaba otra ropa para ponerme llegué a la conclusión de que la copa debería haberle afectado. Él nunca se había comportado de esa manera y, seguramente nunca volvería a hacerlo. Me equivoqué.

Nada más entrar en la sala de recepción del crucero, uno de los empleados de la compañía sale del mostrador dirigiéndose hacia mí. Evidentemente él sabe perfectamente que yo ocuparé la suite más lujosa del buque y ese tipo de clientes siempre requiere una dedicación especial. Pasamos por una puerta situada a la derecha de los ascensores que da acceso a un lujoso salón en cuyo centro hay un sofá de piel. También una mesa baja de cristal sobre la que están lo que supongo que son los documentos necesarios para el embarque. Paul Ascott, ese es el nombre que puedo leer sobre su uniforme, es el sobrecargo del buque y, como tal, tendrá la misión de recibir a los pasajeros especiales dispuestos a pagar el coste de la suite Neptuno. Paul me saluda, me invita a tomar asiento y comienza a rellenar la documentación a mano y, con exquisita delicadeza me solicita el pasaporte y una tarjeta de crédito a la que cargar los gastos que realizaré durante la travesía.
—En su camarote encontrará la tarjeta personal con la que podrá efectuar con toda comodidad los embarques y desembarques en cada uno de los puertos que toquemos. El capitán del buque quisiera tener el honor de poder invitarla a una cena privada con algunos selectos pasajeros y, por supuesto, los miembros más relevantes de la tripulación. Ya sabe, el segundo de abordo, el piloto, el equipo médico y nuestra jefa de animación. Si le parece bien sería pasado mañana. Y ya que hablamos de cenas, según la información que tengo, en el momento de realizar su reserva usted eligió el segundo turno de comedor. Evidentemente esto es solamente una formalidad porque en el Star Rainbow siempre encontrará restaurantes abiertos a cualquier hora del día y de la noche. Durante el viaje todos los pasajeros tienen una mesa asignada. Usted puede elegir entre comer sola o sentarse en una mesa acompañada de otras personas. ¿Qué prefiere?
No lo dudé ni un instante. Una mujer sentada sola en una mesa atraerá como un faro a todos los moscones del barco.
—Una mesa acompañada, por favor de otras cuatro o cinco personas —aclaro—. Que sea lo más discreta posible.
—Bien, Lucie, nuestra relaciones públicas le buscará lo que usted solicita. Si en algún momento se encontrase a disgusto con la situación de su mesa o con el resto de comensales no tiene más que decírnoslo y buscaremos otros compañeros de crucero más adecuados. Bien, creo que con esto hemos terminado. Sólo me queda presentarle a su Valet de chambre.
El sobrecargo se levanta de su asiento y al instante una de las puertas se abre para dar paso a una joven camarera que me va a conducir hasta mi camarote situado en la cubierta catorce. Si tuviese que describir con una sola palabra a Yoko, ésta sería “discreción”. A pesar de su figura menuda y del sobrio uniforme, Yoko se mueve con una elegancia natural que no desmerecería en la boda de un príncipe. Habla en voz baja pero clara y firme con un suave matiz oriental. Antes de levantarme del sillón bebo un sorbo de champagne ofrecido como copa de bienvenida. Sigo a Yoko hasta acceder a un ascensor interior de uso exclusivo para los ocupantes de las cuatro suites del barco. Cuando Yoko abre la puerta de la mía y me invita a pasar, no puedo disimular la sorpresa que me causa. La verdad es que la suite supera todas mis expectativas. Un inmenso ventanal al fondo con vistas a la estatua de Colón y el castillo de Montjuic detrás, un salón equipado con ordenador y una pantalla de televisión de 50 pulgadas y, junto a la mesa baja, una champanera de la que sobresale el cuello rosado de la botella de brut.
—Puedo llamar a un mozo para que la descorche —me dice Yoko cuando mi vista se pasea por la champanera.
—Gracias, Yoko —contesto—. Creo que tomaré la copa en el balcón. Todavía falta una hora para zarpar y una copa puede resultar perfecta para amenizar la espera.
Yoko asiente y al momento escucho como alguien golpea la puerta del camarote. Miro a Yoko.
—Es Jonás que viene a abrir la botella —dice mientras abre la puerta—. Jonás es el responsable del servicio de bar en esta cubierta. Podrá llamarle en cualquier momento…
No atiendo a sus explicaciones y pienso en la manera en que la japo habrá avisado al camarero. Finalmente concluyo que, a menos que los dos sean telépatas, debe tener algún dispositivo avisador de tipo inalámbrico. Levanto la mirada y vuelvo la cabeza para buscar la puerta del cuarto de baño. Yoko es rápida y se dirige hacia el pasillo. Abre una puerta y pulsa el interruptor de la luz que está situado en el exterior.
Veo una inmensa bañera redonda con jacuzzi, otra pantalla más de televisión en la pared y toda una gama de amenities situadas sobre la repisa del lavabo.
—La bañera jacuzzi no funcionará si hay fuerte marejada. Es una cuestión de seguridad —me dice Yoko—. Afortunadamente creo que podremos disponer de buena mar al menos durante los tres próximos días. Por esa misma razón —continúa— las piscinas se vaciarán si el cabeceo del buque es excesivo. Contra el mareo lo mejor es tener el estómago lleno. Por eso, siempre que haya tormenta encontrará por los pasillos cestos con manzanas. Una fruta puede ser suficiente para aliviar esa desagradable sensación.
—Gracias Yoko —digo mientras le doy un par de billetes de 20 € que ella guarda rápidamente.
La camarera entiende que deseo estar sola y se despide con una ligera inclinación de cabeza. La botella abierta ya está en el balcón y sobre la mesita hay una copa llena de líquido espumoso. Antes de salir abro la puerta del armario y compruebo que toda la ropa está perfectamente colocada. Salgo al balcón y tomo asiento mirando a lo lejos la figura del marino genovés que señala con su dedo la bocana del puerto. Es en ese preciso momento cuando escucho una sirena y percibo como el barco empieza a moverse muy lentamente. Levanto mi copa y vuelvo a mirar la estatua.
—Hasta siempre, almirante —Brindo por ti.
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17 Oct 2017 19:13 #1915827 por Larissa griega
Hola Chespir!!

Adoro leer y me ha gustado bastante lo que he leido hasta ahora, espero sigas publicando.

Gracias!!
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17 Oct 2017 23:00 #1915836 por Chespir
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Prometo publicar todos los capítulos hasta el final o sea que, Larissa griega, no te preocupes. Confío en que me sigas leyendo. Gracias por tu mensaje
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19 Oct 2017 12:29 #1915862 por Chespir
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Túnez

El primer día de navegación, más que un día ha sido una tarde que he dedicado a recorrer el barco. Después de dar buena cuenta de un par de copas en mi camarote, me visto con ropa todo-terreno, tan adecuada para comenzar a conocer el Star como para ir a cenar y acudir después al espectáculo que el grupo de animadores nos ofrecerá cada noche. Salgo de la habitación y dedico la primera hora a pasear por el buque recorriendo alguno de sus salones y tomándome un combinado sentada en una tumbona de la piscina mientras me deleito con el atardecer del mediterráneo. Cuando oscurece miro mi reloj y compruebo que casi es la hora de la cena. Tengo que dar algunas vueltas hasta que encuentro el comedor principal. Tal y como solicité la mesa que tengo asignada es para seis personas y sospecho que la elección de ésta por parte del gabinete de relaciones públicas del buque, no ha tenido nada de casual. Dos matrimonios de mi edad y Raúl, un enigmático caballero de procedencia argentina. Todos ellos tendrán alrededor de cuarenta años, o sea que creo que seré la más joven del grupo. Es Lucie, la relaciones públicas de la compañía, quien se encarga de realizar las correspondientes presentaciones. Lucie tiene un parecido asombroso con Susan Sharandon y, para este diario, creo que la llamaré de una u otra manera según me parezca. La cena resulta bastante agradable aunque una de las parejas, creo que son los dos valencianos, parecían estar enfadados. Con Fefi y Fran, madrileños, que ocupan un camarote en la cubierta 9, he congeniado especialmente bien. Al terminar de cenar decidimos ir a tomar una copa todos juntos al salón Baton Rouge en el que una cantante de color interpreta jazz acompañada por un piano, un bajo y una batería. Cuando pasamos por el casino paramos a probar nuestra suerte en la ruleta. Cien euros a tomar por culo y un comentario de Raúl sobre la mala suerte en el juego y la buena en el amor que está a punto de hacerme soltar un improperio. Desde luego en mi agenda no hay lugar alguno para el romance. No sé si la frase sería intencionada pero, al menos, a mí me ha parecido un torpe intento de aproximación. Finjo no escuchar y entablo una conversación intranscendente con la pareja de Madrid. Mientras tomamos la copa, Raúl se las arregla para sentarse a mi lado. Todavía no la he terminado pero decido despedirme y regreso al camarote. Sentada mientras escribo, vuelvo con el recuerdo a la Nochevieja del 2014. Jorge conducía hasta el hotel y yo no dije ni media palabra durante todo el camino. Paró en doble fila antes de llegar, con un dedo me volvió la cara hacia él y yo rechacé su contacto con un movimiento brusco de cabeza.
—No te enfades que tampoco ha sido para tanto. No vamos a estar toda la noche así de enfurruñados —yo no respondí y él continuó—. Venga, mujer, perdóname si te he molestado. De verdad que no me gustó verte así con ese vestido tan provocativo. Mira, hoy mucha gente se pasará de copas y no tengo ganas de tener bronca con algún borracho que se pueda propasar contigo. En otra situación, otro día cualquiera te juro que no te habría dicho nada, ese vestido te quedaba muy bien pero, bueno, te lo repito: Si te he molestado, perdona, cielo, no era mi intención.
Volvió a tocarme la cara con su dedo y en esa ocasión no lo rechacé. Él me miró como solamente él sabe hacerlo y yo sonreí. Quizás tuviera razón y mi vestido no había sido la mejor elección. Me dio un rápido beso y arrancó hacia el hotel. Durante la cena y la fiesta posterior olvidé todo el desagradable incidente hasta que míster Hyde volvió a aparecer un par de semanas después.
Cuando entro en la habitación tengo el diario de a bordo encima de la cama. Le doy una rápida lectura antes de acostarme. Anuncia buen tiempo para mañana. Será un día completo de navegación y un momento ideal para disfrutar de las piscinas. Después del desayuno, sobre las once, haremos el simulacro de naufragio. Tendré que ponerme el salvavidas y seguir las instrucciones del personal de a bordo para llegar hasta la cubierta doce donde nos esperaría una de las lanchas de salvamento. Espero no naufragar esta noche porque, en ese caso, no sabría qué hacer. Y ahora que me acuerdo. Mañana También tendré la cena con el capitán así que habré de dar explicaciones a mis compañeros de mesa. Sé que mi situación les intriga. Quizás les de alguna disculpa porque no me apetece nada ir de divina de la muerte contando que cenaré en el comedor privado del capitán acompañada de toda la oficialidad del barco.
He dormido perfectamente bien por primera vez en mucho tiempo. Me doy una rápida ducha antes de ir a desayunar. Entre las múltiples posibilidades que tengo me decanto por no tener que molestarme demasiado y pido que me sirvan un surtido de embutidos, huevos, pasteles, un zumo de naranja del que repito y finalizo con una macedonia tropical seguida de la inevitable bollería para acompañar el café con leche. Definitivamente voy a engordar pienso mientras doy un bocado al último trozo de croissant. Mis compañeros de mesa no han aparecido. Supongo que se habrán levantado más tarde. Después regreso al camarote para esperar la alarma que dará inicio al simulacro de naufragio. El camarero me ha dicho que no durará más de veinte minutos. Busco en el armario el salvavidas y me lo abrocho tal y como indican las instrucciones que están pegadas en la puerta. Apenas me lo he terminado de colocar cuando comienzan a sonar series intermitentes de pitidos de alarma en el camarote que habrían levantado al mismísimo Lázaro sin necesidad de intermediar milagro alguno. Tal y como venía indicado en el diario de a bordo, me pongo ropa de abrigo y aprovecho para trastear tocando un par de veces el silbato que viene atado al salvavidas y salgo del camarote. Junto a las escaleras de bajada ya está Yoko esperándome. A mí y a los otros dos viajeros ocupantes de otra de las suites.
—Baje por aquí hasta la cubierta doce y ahí siga las instrucciones de nuestro personal.
Durante la bajada, un fotógrafo aprovecha para sacar toda una serie de instantáneas que podremos recoger esta misma tarde en la tienda de fotografía. Ya en la cubierta doce nos dirigen hacia la banda de estribor donde están dos filas de pasajeros separados por sexos. Las mujeres, ya se sabe, siempre somos las primeras en abandonar el buque. Cualquiera que haya visto la película de Titanic estará al tanto de ello. En la fila de las señoras, algunos puestos por delante de mí, me encuentro a Fefi. Fran ocupa su lugar en la fila de los caballeros.
— ¿Qué tal has descansado? —me dice ella tratando de hacerse oír en medio del barullo.
—Bien respondo de manera automática mientras el fotógrafo sigue haciendo tomas del grupo de presuntos náufragos.
— ¿Bajarás hoy a la piscina? —Vuelve Fefi a preguntar—. Fran irá al gimnasio y me gustaría tomar el sol charlando de nuestras cosas.
La opción no me parece mala y afirmo asintiendo con la cabeza.
—Entonces nos cambiamos después de todo esto y te espero en la piscina de proa —ella piensa y rectifica—, no, creo que será en la de popa… ¡Joder! —rompe en una carcajada— En la que está ahí, señala con el dedo— pero una planta más abajo.
Yo también me río. Subo al camarote, me cambio y unos minutos antes de las doce bajo hasta el lugar indicado. Fefi está de pie y por su cara parece enfadada. Me mira y se encoge de hombros. No me había fijado demasiado en ella pero tiene un tipo estupendo. Vamos, un pibón en toda regla.
— ¿Qué sucede?
— ¿Qué sucede? —Repite mi pregunta—. Pues sucede que no hay ni una puñetera tumbona libre en ninguna de las piscinas del barco. Como hoy lo dedicaremos a navegar parece ser que todo el mundo se ha decidido a tomar el sol. He preguntado a los chicos de animación y me han dicho que en el resto de piscinas pasa lo mismo. Incluso la climatizada está a tope. ¿Qué hacemos?
Pienso un momento y le guiño un ojo.
—Creo que tengo una solución. Ven, sígueme —digo y comienzo a subir por las escaleras.
Ella no parece muy convencida pero viene detrás de mí. Llegamos hasta la cubierta trece y se detiene cuando ve que mi intención es la de seguir subiendo otro piso más.
—No —me dice—. Creo que la piscina de arriba solamente pueden utilizarla los ricachos que tienen suites.
—Tú sígueme —contesto.
Fefi se queda de piedra cuando ve que Yoko me saluda y que, de inmediato prepara dos tumbonas una al lado de la otra.
— ¡Hostia! No jodas que tú eres una de esas ricachas.
La expresión de mi cara no deja lugar a dudas.
— ¿Quieres tomar algo?
Ella no contesta y mira la piscina casi vacía. Solamente una pareja de viejos, él rojo por el sol, ocupando otras dos tumbonas en el extremo opuesto a donde estamos nosotras.
—Para mí, un daiquiri —dice Fefi casi en un susurro.
—Pues que sean dos daiquiris, por favor —le digo a Jonás que espera a nuestro lado. Mientras tanto, Yoko ha colocado sendas toallas en las tumbonas.
—Fran va a flipar cuando se lo cuente comenta mi nueva amiga mientras se quita el pareo.
—No me importa que se lo digas a tu chico —respondo a la par que me siento en la tumbona— pero te ruego que no lo comentes en la mesa. No quiero que nadie se entere de la habitación que ocupo.
Fefi asiente pero añade a continuación.
—Raúl, el argentino de nuestra mesa, se te comía anoche con la mirada.
Me encojo de hombros.
—Sí, me di cuenta de ello pero no pienso darle bola. Estas vacaciones serán de descanso. Nada de hombres. Solamente sol, comer, beber y charlar de temas triviales.
Ella no se da cuenta de mi pequeña mentira. Desde luego no pienso irme de este mundo sin echar al menos un último buen polvo. Es lo menos que me merezco después de años de fidelidad. Pero el argentino no tendrá esa suerte y ni de coña va a invadir la privacidad de mi camarote. Fefi me acaba de decir algo pero no escucho sus palabras. Está pendiente del matrimonio que está al otro lado de la piscina. El viejo no nos quita la vista de encima y decido ignorarlo.
—Te decía que quiénes son —pregunta mi nueva amiga señalándoles con la cara.
—Chica, no lo sé —respondo—. Pero si tienes curiosidad podemos preguntarle a Jonás. Ahí llega con nuestros daiquiris.
El camarero deja las bebidas sobre la mesita acompañadas de un par de canapés que parecen de caviar.
—Gracias Jonás le digo—. ¿Esa pareja también se aloja en esta cubierta?
—Si madame. Ocupan la suite Tritón. Usted y ellos son los únicos pasajeros de la cubierta —baja la voz y continúa hablando en tono de confidencia—. Él es un magnate alemán del acero y ha elegido nuestro barco para celebrar sus bodas de oro. Creo que esta noche los conocerá durante la cena con nuestro capitán pero si lo desea puedo presentárselos ahora.
Sonrío y muevo la cabeza negativamente.
—Gracias Jonás pero creo que mejor esperaré a la hora de cenar.
Él asiente y pregunta si puede servirnos en alguna otra cosa. Fefi aprovecha la ocasión.
—Mi esposo está en el gimnasio. ¿Podría avisarle alguien de que estamos aquí?
El camarero vuelve a asentir y se marcha sin preguntar por el nombre de la persona a quien tiene que dar el aviso. Fefi me mira y sonríe.
— ¡Chica, qué pasada! Un millonario alemán, piscina privada, canapés de caviar —mira el plato y parece dudar—. Porque eso que nos han puesto debe ser caviar. ¿No?
—Sí, eso creo —respondo y abro el frasco de crema solar. Me pongo un poco sobre la mano y me la empiezo a extender sobre el cuerpo. Compruebo que nuestro vecino alemán no se pierde uno de mis movimientos. Le paso la protección solar a Fefi que, de manera automática, también comienza a darse crema. Ella parece seguir dándole vueltas a la cabeza.
— ¿Cómo sabrá el camarero a quién tiene que avisar? No me ha preguntado su nombre.
—Supongo que tendrá las fotos de los pasajeros con los que comparto mesa. Si no es eso es que no se ha enterado de nada —añado mientras rompo a reír.
Pero sí se había enterado. Tres cuartos de hora después vemos a Fran que aparece por la escalera. Mira a su alrededor, da un largo y muy expresivo silbido y sacude una mano en señal de asombro.
— ¡Joder como vivís los ricos!
—Fefi mueve la cabeza como si intentase buscar en ella algo de paciencia.
—Venga, siéntate y no mires con esa cara de pasmarote que parece que nunca has salido de casa.
Jonás ha vuelto a acercarse y Fran pide un zumo de tomate que dos minutos después está sobre la mesa acompañado de otros tres canapés de caviar. A la una y media de la tarde empiezo a tener hambre a pesar de los aperitivos. Decido tomar un último baño, secarme y cambiarme en mi habitación para comer algo.
—Chicos, para mí ya está bien de sol. Vosotros podéis seguir aquí si queréis. Además tengo que hacer un par de llamadas y mirar mi correo. Esta tarde nos veremos.
No doy lugar a otra posibilidad y Fefi parece desilusionada. Seguramente pretende que hubiera comido con ellos pero por hoy basta de amistades.
Después de comer dedico la tarde a pasearme para terminar de conocer el barco. Paso por la bolera, por el simulador de fórmula I, vvisito alguna tienda y vuelvo a probar suerte en el casino con el mismo resultado de ayer. Después de arreglarme, llamo a Yoko para que me informe sobre el lugar al que debo dirigirme que no es sino el mismo salón donde Paul, el sobrecargo, me recibió el primer día. Elijo un conjunto de seda verde con minifalda a juego. También unas sandalias con el tacón necesario para estilizar mis piernas. Debo haber acertado con la elección porque nada más entrar, el silencio que se produce entre los que ya han llegado me deja bien a las claras que mi aspecto debe ser imponente. Paul me presenta en primer lugar al capitán que gasta un segundo más del tiempo necesario en recorrer mi escote y, a continuación, el resto de integrantes de la mesa. No haré esfuerzos para recordar cargos y nombres. Por supuesto que el matrimonio de alemanes que ocupan la suite Tritón también están. El viejo y millonario nibelungo me recorre varias veces con la mirada. Sigue el ejemplo marcado por el capitán y se detiene, de manera descarada, en mi escote. El capitán nos da un pequeño discurso de bienvenida y, a continuación, subimos hasta el puente de mando. Un inmenso salón rodeado en todo su perímetro por un impresionante ventanal desde el que se puede ver la totalidad del barco. En el centro de la sala hay una mesa, supongo que de caoba, sobre la cual descansan un intercomunicador y una pantalla de televisión en la que se puede ver un mapa de la zona y un pequeño puntito de luz que marca la posición del barco. Repartidos por la sala varios sofás, algunos armarios y fotografías de todos los barcos de la compañía. Media docena de sillones pequeños que se reparten alrededor de la mesa, completan el mobiliario. Nada que ver con la idea que yo podía tener sobre un puente de mando. Ni pantallitas de radar, ni cartas náuticas extendidas sobre una mesa, ni instrumentos de navegación, ni siquiera una rueda de timón. Aunque hablo alemán con bastante soltura, el protocolo obliga y con traducción simultáneas ambos idiomas, el capitán McGregor nos explica que todo ese aparataje se encuentra dos cubiertas más abajo en la sala de navegación, en comunicación directa con máquinas y, por supuesto, con el puente de mando. El alemán hace algunas preguntas relativas a las características del buque y al tipo de acero con el que está construido. Seguramente el teutón pretende sacar algo de información para trapichear con sus hierros. Paul y Hellen, responsables del equipo de animación explican lo que nos vamos a encontrar durante nuestro viaje. . Pasamos al comedor y nos sentamos en una gran mesa circular colocándonos de tal manera que alternamos hombres y mujeres. Seis y seis, paridad de género que dirían los políticos. Me veo escoltada por Paul, a mi derecha y Erik, el viejo alemán, que no me deja tranquila durante toda la velada, a la izquierda. Gedra, su mujer resulta encantadora y en alguna ocasión me dice que si su marido me inoportuna ella me autoriza a tirarlo al mar. Si Jorge hubiera estado presente, seguramente habría presentado su magnífica sonrisa, su cara más amable para, una vez solos, abroncarme por haber dado pie al flirteo. La segunda vez que dio muestras de sus celos patológicos fue unos días antes del verano. La mujer de un compañero de trabajo cumplía años y el marido, un buen amigo nuestro, me llamó pidiéndome que le acompañara para comprar algo a su esposa. Sencillamente quería consejo femenino. Acepté y quedamos a tomar café en una terraza en las ramblas. Allí decidiríamos el regalo y luego iríamos a comprarlo. Ese día Jorge no vendría a casa. Estaba organizando el comité federal del partido. Cuando me llamó por la mañana yo le conté los planes de la tarde. No dijo nada pero el tono de su voz subió media octava. Eso debería haberme puesto en alerta pero no fue así. Lo que sí que me alertó fue que, a partir de las cuatro de la tarde comencé a recibir mensajes suyos. El primero un inocente “Hola ¿qué haces?” Contesté que estábamos tomando café. Diez minutos más tarde el teléfono volvió a sonar. “¿Llegarás muy tarde a casa?” No, respondí. En cuanto Carlos compre el regalo. Con el sexto mensaje, en menos de veinte minutos, mi amigo me preguntó si tenía algún problema. La verdad, no supe que decirle y respondí que eran cosas del grupo de compañeras de trabajo. Apagué el teléfono y cuando lo volví a encender, ya en casa, dos horas más tarde, treinta mensajes y varias llamadas de Jorge esperaban mi respuesta.
La bronca cuando llegó él a las diez de la noche fue de las que hacen época. Reproches por haber ido con Carlos, reproches por haber apagado el teléfono, reproches por ignorarle, por no haber puesto una disculpa para no asistir a la cita… El resultado final fue mi teléfono volando por la ventana del apartamento y yo echada de la habitación.
—Si no te gusta esta cama —dijo Jorge gritando— quizás prefieras la de ese gilipollas de tu amiguito Carlos.
Sin entender nada de lo que estaba sucediendo me fui a dormir destrozada al cuarto de invitados. Al día siguiente, cuando nos encontramos a la hora de desayunar, Jorge estaba como siempre. Habló, me dio un cariñoso beso antes de salir y quedamos para comer en un coqueto restaurante junto a la Barceloneta. Yo me pregunté si todo habría sido un sueño, una terrible pesadilla y que nada de lo pasado la noche anterior habría ocurrido realmente. Mi marido volvía a ser el hombre cariñoso y encantador del que yo me había enamorado.
A las siete de la mañana, tal y como indica el diario de a bordo, atracamos en Túnez. La algarabía de tambores, címbalos y flautas acompañando cantos bereberes se escucha desde mi camarote. He contratado una excursión que nos llevará a Sidi Bou said, la ciudad azul, haciendo una breve parada en las ruinas de Cartago antes de visitar la medina de Túnez. En el autobús no veo a nadie conocido y puesto que va medio vacío, decido sentarme sola y mantenerme en un discreto segundo plano. El ambiente de la casba es divertido pero un tanto anárquico y agotador. Un muchachito se ofrece para llevarme a un mirador desde el cual se divisa una vista preciosa. Después le pido que me lleve hasta algún lugar tranquilo donde poder dar un descanso a mis pies. Entiende perfectamente lo que le digo y cinco minutos después estoy sentada en una mesita tomando una taza de té de menta y fumándome una shisha de manzana. El niño me guiña un ojo y saca de su bolsillo una piedra de hachís y me la ofrece para que la añada al tabaco de manzana. He visto demasiadas películas en las que la inocente turista vive una situación similar y, cuando se despierta, aparece encerrada en el harén de algún país exótico. Le agradezco el ofrecimiento pero le digo que no me gusta ese tipo de cosas. El chico sonríe y vuelve a guardarse en el bolsillo la piedra envuelta en papel de aluminio. Me pregunto si sabré encontrar el camino de vuelta y mi jovencísimo guía se ofrece a sacarme del laberinto de calles y bazares. Cinco minutos después monto en el autobús que nos lleva hasta el buque. El chico parece encantado con el billete de cincuenta euros con el que he pagado su trabajo. Sé que es una propina excesiva pero pronto el dinero no va a servirme de nada. Paso el control de aduanas y a las tres de la tarde vuelvo a estar delante del barco lista para subir. Antes de dirigirme al camarote hago un alto en el autoservicio para comer un poco. En la puerta de la habitación me encuentro con Yoko que hace una pregunta de compromiso sobre la cena de anoche y la excursión por tierras púnicas. En ese momento se me ocurre una idea.
— ¿Ven, pasa conmigo?
—Por supuesto, señora —responde la japonesa con cierta intriga—. ¿Algún problema?
—Ninguno, Yoko. Solamente quiero enseñarte algo.
Ella entra detrás de mí. Abro el armario para sacar el vestido que me puse la noche anterior. Yoko es más pequeña que yo pero creo que, con un pequeño arreglo, podrá utilizarlo. Solamente espero que mis palabras no la ofendan. Dejo el vestido extendido sobre la cama.
—Mira, me lo puse anoche, y nunca lo utilicé en otra ocasión. No estoy muy segura de que vuelva a usarlo. Si te gusta te lo puedes quedar. ¿Lo quieres?
El rostro de ella se ilumina y creo que piensa que estoy bromeando. No es muy normal que una persona a la que apenas conoces te regale un corte de Balenciaga. La camarera me mira con cierto aire de desconfianza. Coge el vestido y se lo prueba por encima de su ropa. Se mira en el espejo del armario y da un paso hacia atrás. Después lo vuelve a dejar sobre la cama y me mira de frente.
— ¿Lo dice en serio?
—Por supuesto, Yoko. Yo soy de pocas bromas. Ya te he dicho que si te gusta, puedes quedártelo —pienso un momento en lo que diré a continuación— y, creo que tengo una idea pero solo espero no ofenderte. Después de cada noche, podrás quedarte, si te gusta, el vestido que me he puesto ese día. Siete noches, siete vestidos. No —rectifico— serán seis porque para la primera noche no me puse nada especial.
Yoko parece no creer mis palabras. Los ojos le brillan alegres y su rostro pierde la estoicidad durante unas décimas de segundo.
—La señora es muy generosa pero creo que no debería aceptar. No estaría bien. Es… es… es demasiado generoso por su parte.
Déjate de prejuicios absurdos. La ropa es mía y no tengo que dar explicaciones a nadie sobre lo que hago con ella. —respondo mientras doblo el vestido y se lo doy. Ya te he dicho que no pienso volver a ponérmelos y me gustaría que tuvieras este recuerdo mío.
Ella inclina la cabeza, toma el vestido que le ofrezco y responde un sencillo “gracias madame” antes de salir de la habitación. Dedico el resto de la tarde a tomar el sol. Mañana tocaremos puerto en Nápoles.

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19 Oct 2017 13:45 #1915865 por eduard58
Me está gustando..........sigue, sigue. :woohoo: :woohoo:
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19 Oct 2017 18:05 #1915873 por Chespir
Respuesta de Chespir sobre el tema Presentación y un regalo para el foro
¡Ja! espero que todos entendáis que eduard 58 se refiere a que sigas publicando capítulos. Lo haré. Para el próximo nuestra protagonista llegará a Nápoles. Será un capítulo de alto voltaje y confío en que los moderadores no me lo censuren. ;)
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20 Oct 2017 17:55 #1915886 por Larissa griega
Pues se está poniendo interesante!!

Esperaré atenta ;)
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