A las 2 y media de la tarde estábamos en el barco de vuelta. Pascual me preguntó si queríamos que nos dejara en el centro de Le Havre. A mi me hubiera gustado verla pero la familia no estuvo de acuerdo. Mucha gente volvió al barco diciendo que Le Havre no era muy bonita y que sus playas son de cantos rodados, pero creo que debe de ser un sitio curioso, desde el barco no parecía fea. Me llamaba la atención la historia de la reconstrucción de una ciudad desde cero, la del arquitecto Perret llamado “El poeta del hormigón”.
Llegamos justo para almorzar porque el buffet cerraba a las 3, pero pudimos comer tranquilamente y muy bien. Después de descansar un poco fuimos con los niños a lanzarnos por el tobogán y a la piscina infantil, que se encuentra delante de la chimenea. Con el día tan bueno que teníamos se estaba fenomenal. Yo me sentaba a la sombrita con los pies en el agua y una tumbona para la señora, mientras todos los niños jugaban y saltaban por allí en los grupitos de amigos que hacían. Los chiquitines daban alegría verlos de lo bien que se llevaban todos, daba igual el país del que fueran. Nosotros, los padres, que no somos tan listos como ellos, nos costaba más socializar pero formamos un grupito muy apañado donde nos contábamos nuestras batallitas. Se estaba muy a gusto allí viendo zarpar el barco todas las tardes, escuchando la bocina y despidiéndote de la gente que te saludaba desde el puerto.
Casi todas los días nos daban las tantas, y de allí íbamos corriendo a arreglarnos para la cena, ya que al espectáculo era imposible llegar a tiempo, creo que sólo fui cuatro veces en todo el crucero, y mira que me gustan.
Hoy teníamos de sugerencia vestir de blanco porque era la Noche Bianca en la piscina central. Tras la cena nos pasamos por allí, estaba muy animado y vimos la demostración de esculturas de hielo, pero como a nosotros no nos va el ambiente discotequero que se formó, bajamos al Grand Bar Palatino a tomarnos algo tranquilamente, mientras Daniela estaba en el Squok Club, hasta las 12, y Pablo, que lo conocían todos los camareros y parte del pasaje, se hartaba de jugar y correr por allí hasta que caía dormidito en su sillita. Nosotros le pedíamos a Nicole, una camarera del Bar Service brasileña simpatiquísima y cariñosa con Pablo, que nos pusiera algún cóctel sorpresa que siempre acertaba y estaban buenísimos. Así echábamos la noche, escuchando un poquito de música o viendo los juegos del equipo de animación hasta las doce menos cuarto que recogíamos a Daniela del Squok Club, que era la hora a la que iban todos los padres a recoger a los niños. Y ya de allí a la cama a descansar, aunque mañana tendríamos un relajado día de navegación.
Continuará...